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Full text of "Domingo Arena 1913 Batlle Y El Ejecutivo Colegiado"

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Nacional del Partido Colorado, [1913]. 








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Nacional del Partido Colorado, [1913]. 


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Nacional del Partido Colorado, [1913]. 


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Comisión Nacional del Partido Colorado, [1913]. 


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DOMINGO ARENA. 


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Conferencia dada por el 
Dr. Domingo Arena en el 
Teatro Stella d' Italia la 
noche del 17 de Mayo de 
1913 y tomada taguígra» 
ticamente por los taqut* 
gratos Sres* Labandera, 
Bove y Montero- * - w s 



Editada por la Comisión Nacional 


del Partido Colorado. 




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Comisión Nacional del Partido Colorado, [1913]. 











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Nacional del Partido Colorado, [1913]. 





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Nacional del Partido Colorado, [1913]. 




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CONFERENCIA 


BRDA l?0R EL 


Dn. DOMINGO ARENA 


SOBRE REFORNA CONSTITUCIONAL 


EN EL 


TEATRO STELLA D’ITALIA 

La noche del 17 de Mayo de 1913 


MSIÍH 

Al presentarse en el escenario el I)r. Arena 
es recibido con grandes aplausos. 

Di-. Arena — Muchas gracias por la amable 
acogida . La agradezco en nombre, de la causa. 
Solo ella puede merecer semejantes ovaciones. 
Es en su nombre que las acepto. 

Batile y la Reform a 

Tengo el propósito de hablar estensamente, 
todo lo que puedan soportar Y des., todo lo que 
per mi tu n mi s org a n os yo cu 1 e,s —'80 b re ] u ma g nu 


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cuestión del Ejecutivo Colegiado. Pero, debo ad- 
vertir, que desde el primer momento tendré que 
hablar de Batí le. 

Batí le es el autor de la reforma; Batí le es el. 
responsable de la reforma, Batlle es toda la re- 
forma T 

Por consiguiente, es imposible abordar la ma- 
teria sin ocuparse preferentemente de él. Por otra 
parte, desde que los enemigos irreconciliables de 
Batlle no hablan de la reforma sin hablar de Ba- 
tlle, sus amigos irreductibles, tenemos el mismo 
derecho, hasta estamos en el deber de proceder 
de la misma manera. Por lo demás la tarea nos 
será fácil, porque Batlle nos ofrece con sus infi- 
nitas buenas intenciones, una foja de servicios 
re al mente i nsob r cp u j a ble. 


El Porfirismo de Batlle 


Se ha querido empañar la magna iniciativa 
de Batlle tendiendo sobre ella la sombra del Por- 
firismo. Esa afirmación, Señores, es una inmensa 
patraña. Batlle, por su constitución moral, es la 
antítesis del Porfirismo. Su inmensa probidad 
bastaría, por si sola, para ponernos á cubierto de 
ese peligro. El, para quien todo lo ageno es sa- 
grado, no podría atentar contra la soberanía na- 
cional que es lo más sagrado de su país. 

No es el Porfirismo, sin ó el bien público la 
verdadera obcesión de ese tenaz batallador. Por 
el bien público sacrifica hombres, intereses, afee- 




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cienes v hasta se sacrifica á si mismo! — Si ha 

* 

querido gobernar y gobierna todavía, no es por 
la voluptuosidad del mando, sino por la volup- 
tuosidad del bien. Por el bien del mayor número 
ha afrontado una guerra cruel, que es la prueba 
más dura á que han podido verse sometidos su 
sensibilidad y su humanitarismo— digan lo que 
quieran los que solo conocen á líatl le al travez 
de las crónicas petroleras — y es con la esperanza 
de seguir haciendo el bien que se mantiene en un 
puesto que solo le ofrece disgustos y sinsabores I 

( Grandes aplausos). 

No puede ser Porfirista quien os profunda- 
mente bueno ó intensamente justo. — No nos deje- 
mos engañar por sus raras violencias, que no son, 
casi siempre, sino reacciones violentas contra 
otras violencias. — No nos dejemos engañar por 
la rudeza de algunos de sus golpes! — Indudable- 
mente los golpes de Batí le suelen ser desmesu- 
rados.— Pero, es, sin duda, porque no saben ni 
pueden defenderse de otra manera esos seres ex- 
cepcionalmente robustos, nacidos para demoler y 
reconstruir lo que demuele y reconstruye Batí le. 

Se nos habla de sus pasiones. }Si, se apasiona 
como pocos por la verdad y por la justicial Pero, 
su pasión es su fuerza! Solo los grandes apasio- 
nados realizan las grandes obras. — Un hombre 
sin pasiones es casi un animal de sangre fría! 

(Aplausos). 

Por sus pasiones tiene enemigos que lo odian 
á muerte, pero por sus pasiones es que tiene tam- 


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híén amigos delirantes. Por lo demás, esas pasio- 
nes— lo sabe todo el país — nunca consiguen per- 
turbar la rectitud fundamental de su criterio y 
aun en sus errores corre siempre deslumbrado por 
un principio de justicia superior! 

(Aplausos). 

Las verdaderas razones 
de la reforma 


Yo puedo presumir de conocer desde su ger- 
men la idea del Ejecutivo Colegiado, tal cual como 
se ha desarrollado en el espíritu de Batí le. Puedo 
decir, pues, en breves palabras cuales han sido 
J as verdad e ras ra zones i nspi rado ras . 

Batí le cree sinceramente que en el país ha 
fracasado el ejecutivo unipersonal — no para ios 
Gobernantes se sobreentiende, sino para los Go- 
bernados — Batí le cree firmemente que esa lar- 
gavia erueis porque ha pasado la República — más 
larga y dolorosá que la de Cristo -es en gran 
parte la obra presidencial. — Batí le cree que la 
sangre que se ha derramado á torrentes, se ha de- 
rramado casi siempre ó por culpa do los Presi- 
dentes ó por culpa de la ambición Presidencial,— 
Ha tile vive permanentemente obsesionado por la 
pesadilla de que el país juega su suerte toda en 
cada elección presidencial— -por la desesperante 
pesadilla de que todos los progresos conquista- 
dos á fuerza de tantos sacrificios puedan perder- 


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se en un día, por la elección de un mal Presi- 
dente. — Batlle ha vivido y vive perpetuamente 
azorado ante el formidable v tenebroso salto atrás 
que puede hacernos dar en cualquier inomento 
una mala elección.— Batlle ha sentido, ha palpado, 
que todavía no ha ocupado su puesto el Presi- 
dente elegido, cuando surgen á su alrededor los 
candidatos á la futura presidencia, y ha visto como 
esos candidatos, como los amigos de esos candi- 
datos, como los amigos de los amigos de los can- 
didatos no dan un paso, no hacen un gesto que 
no esté influenciado por el miraje de la futura pre- 
sidencia. — Batlle ha visto, en fin, en ese espec- 
táculo permanente de la lucha por la presiden- 
cia, una perturbación constante y profunda de 
todo el mecanismo político -administrativo y de 
toda la vida nacional. 

Batlle, que es realmente un profundo demó- 
crata, no ha podido menos que sonreír con dolor 
ante ese jefe que se ha impuesto la democracia— 
un hombre desmesuradamente levantado por en- 
cima de los demás hombres, con honores tan 
excepcionales, con prerrogativas tan excepciona- 
les como no las tienen semejantes, reunidos, los 
otros grandes poderes del Estado. 

Batlle que ha tenido y tiene la preocupación 
constante del partido colorado, principalmente 
porque lo considera el gran instrumento con que 
ha de labrarse el bienestar nacional, ha temido 
que ese mal de la presidencia llegara hasta el pro- 
pio partido colorado y concluyera por dividirlo. . . 


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3 . 


— 8 


Una voz de la pintea, — No? 

I)r. Arena — . . . ha creído, hasta ha temido — 
mostrándose en eso menos seguro que esa voz que 
me liega de la platea — que en estos momentos 
mismos, la lucha por la presidencia, empezara 
á dividir al partido colorado y siente sincera- 
mente que si se ha de poder agruparlo de nuevo 
en una masa compacta é irresistible, será encau- 
zándolo detrás de la idea nueva y generosa del 

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E j ecuti vo Col cgia do T 

( Muy bien). (Aplausos), 

Batlllc, en resumen, ha creído á su país enfer- 
mo del mal de la presidencia y ha querido emplear 
los mejores esfuerzos de su presidencia para cu- 
rarlo del terrible mal.— Al principio creyó que hu- 
biese bastado con achicar la presidencia, con ha- 
eer menos apetecible, menos deslumbrante, ese 
eterno elemento perturbador. — Pero, llevado por 
esa tendencia natural de su espíritu de buscar re- 
medios radicales para los grandes males, optó por 
algo más eonel uye nte y m ás d ecisi vo : por la su pre- 
sión lisa y llana de la presidencia, pues eso, 3 r no 
otra cosa importa en definitiva la creación del Eje- 
cutivo Colegiado. 


La sinceridad de Batlle 


Yo, Señores, no soy político. Si he de hablarles 
con toda franqueza tendré que decir que la polí- 
tica no me hace feliz. 

A mi idiosincracia, un poco sentimental, re- 


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pugna ese perpetuo saeriüieio de hombres que 
impone el buen servicio de las ideas I — Mi pala- 
bra 7 pues, es una palabra enteramente i m par- 
cial. A o me turba ninguna ambición, no me ciego 
ningún interes» Hablo como un simple hombre de 
bien, absolutamente adieto a Batí le porque lo 

siento por encima de todo, un perfecto hombre de 
bien T 

(Aplausos ). 

Pues bien: yo, que conozco corno pocos á Bú- 
lale, que h e vi v i d o v e i n te y o i n c o a ñ os en u n con - 
tacto permanente con ese gran ciudadano, que 
puedo haber llegado hasta el fondo de su pensa- 
miento, hasta la entraña misma de su pensamien- 
to, y o que puedo saber la verdad , — la verdad total 
sobre cuales son los móviles que lo han llevado 
hastael hj centavo Colegiado y que no acostumbro 
c \ de cir m e n t i f \ x s , e ni pe ñ o ni i pal a b r a d e h o no r a nte 
Vas. y el país entero de que en ningún momento 
ninguna idea mezquina ha empañado la concep- 
ción de Batlie! 

( G r a n des a p 1 a u sos ) É 

. » » Que j a ni a s 1 o 1 1 a n i n sp i r a d o otro s tu o y i I e s 
qué el bienestar del país; que nunca, en ningún 
momento, ha pensado en él ni en ninguno de los 
{ B 3 ( ta b an a su 1 a d o , p o r q u e é ¡ n o c s li o m b re 

para pensar en hombres cuando está de por me- 
dio la salud nacional! 

(Api ausos). 

■ * - 1 digo esto con toda vehemencia, con to- 
da la vehemencia de que me siento capaz, por- 



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— 10 — 

que deseo que mi convicción pase toda entera al 
espíritu de Veis., para que Vds., donde quiera que 
surja la patraña, puedan desmentirla con la mis- 
ma vehemencia con que la desmiento yol 

(Muy bien ). (Aplausos). 

Pero, por encima de las palabras, están los 
hechos; hechos inequívocos y concluyentes — que 
no ven solo los que no quieren ver — y que de- 
muestran de una manera clara, palpable, que 
Batlle, jamás ha delirado por el poder. 

Casi no debería perder tiempo en hacer his- 
toria retrospectiva, porque el decálogo batllista 
lio puede ser desconocido en una asamblea tan 
batllista como la á que tengo el honor de dirigir- 
me. Pero no está de más repetir, cuando se pue- 
den repetir cosas tan sustanciales. Recordare, 
pues, que ese Batlle de quien se aparenta temer 
—y subrayo la palabra aparenta porque no creo 
que haya gente inteligente en el país, que pue- 
da creer en serio en el poríirismo de Batlle — que 
esc Batlle, repito, de quien se aparenta temer un 
zarpazo á la Presidencia, no una sino muchas 
veces, ha desdeñado como cosa baludí, aquella 
Presidencia. 


Batlle durante los quince 


¡Rechaza la presidencia! 

Recuerden Vds. los célebres quince dias que 
siguieron á la dictadura del señor Cuestas. Bn 


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aquel entonces, al Sr. Batlle v Ordoñez, blancos y 
colorados 1c ofrecieron la Presidencia de la Re- 
pública. líl hecho es indiscutible. El Día lo ha pro- 
bad o muchas veces y nadie ha podido contestarlo. 

Para aquel hombre lleno de ideas, en la ple- 
nitud de su vigor, contando con la adhesión de 
los dos grandes partidos tradicionales, la Presi- 
dencia de la República debió parecerle una cosa 
magnifica, estupenda. Tenía el derecho de creer 
que se le ofrecía una oportunidad única para pa- 
sar á la historia haciendo un gobierno histórico. 
Sin embargo Hat He no quiso ser Presidente y re- 

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chazó enérgicamente el tentador ofrecimiento. 
¿Porqué? — Nada más que porque la Presidencia 
había sido prometida á otro, y porque consideraba 
que estaba por encima de todas las presidencias, 
— hasta por encima de las más altas visiones de 
gloria — el deber elemental de cumplir la palabra 
empeñada I 

La influencia moral de BatUe 
sometida á prueba 




Algún tiempo después los apetitos presiden- 
ciales de Batí le se pusieron nuevamente á prueba. 

Había tenido Batíle el honor de perderlas elec- 
ciones senatoriales cu cinco departamentos de los 
seis que habían disputado los nacionalistas. Ha- 
blo lisa y llanamente de Batlle aunque no estaba 
en el gobierno, porque, como es notorio, en aquel 





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momento, tuvo en sus manos todas las fuerzas 
gubernamentales. Ejerció entonces totalmente, en 
representación del Sr. Cuestas, la influencia mo- 
ral del gobernante que tanto combaten hoy sus 
enemigos y cuya j usticia él sostiene con inquebran- 
table energía. Pues bien; apesar de aquella influ- 
encia moral ejercida en toda su fuerza, Batlle per- 
dió las elecciones en todas partes. ¿Qué quiere 
decir eso? [Quiere decir, simplemente, pero con 
evidencia meridiana, que cuando la influencia mo- 
ral se ejerce de una manera lícita, sin coacciones, 
sin atropellos y sin indecencias, los gobernantes 
solo ganan elecciones cuando tienen la opinión de 
la mayoría del país í — Porque la influencia moral 
de! Presidente, cuando se mantiene dentro di 1 los 
términos estrictos de la lev v de la moral, solo se 
hace sentir sobre ¡os que, quieren acompañar a¡ P re- 
siden le ; y para defenderse de lo que se pretende 
presentar como una coacción avasalladora, solo 
basta no querer seguir al Presidente, ; cosa que se 
puede hacer sin ninguna clase de riesgos, se es- 
té donde quiera que se esté, se tenga la posición 
que se tenga, cuando está en la Presidencia de la 
República un Presidente como Batlle, ante el cual 
todas las resistencias están garantidas si se agi- 
tan dentro del derecho. 

Pero me he apartado de la cuestión. Esto no 
ha sido más que un paréntesis. A lo que quiero ir 
es á recordar que aquel la elección de senadores dio 
lugar á un hecho que probó una vez más lo poco 
que siempre ha perturbado á Batlle la ambición 
presidencial. 


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I 



Batlle entre su interés el de su partido 


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k. 


¡Jugando con la presidencia! 


Surgió como Vds. recordarán, la célebre cues- 
tión de los poderes de Rio Negro. 

El Sr. Batlle hasta ese momento seguía con- 
tando con el apoyo total del partido nacionalista. 
Antes de iniciarse el debate se le hizo saber que 
si no resistía el triunfo de aquel partido en el De- 
partamento de Río Negro, sus relaciones con el 
adversario seguirían siendo perfectas. — Batlle ni 
se dignó tratarla cuestión. —Al vérsele totalmen- 
te decidido á defender á toda costa á su partido 
político, solo se le pidió, como condición de la fu- 
tura concordia, que no tomara una parte dema- 
siado activa en la discusión. — Aquello parecía 
razonable á mucha gente. -Con una actitud tran- 
saccional guardaría las formas con su partido po- 
lítico y no perdería las amistades del partido na- 
cionalista. 


Pero Batlle noquiso entender de razones. Con- 
vencido de que el Batido Colorado había ganado 
la elección de Río Negro, creyó de su deber defen- 
derla á toda costa, considerando que ningún in- 
terés de orden personal, por trascendental que 
fuese, podía lícitamente hacer olvidar el derecho 
de un partido político. — V consecuente con esas 
ideas, dejó de lado actitudes equívocas y se lanzó 
resueltamente á la defensa de los poderes eolo- 




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- 14 — 

rados de Río Negro, á sabiendas de que su acti- 
tud importaba perder inmediatamente el apoyo 
del partido nacionalista, á sabiendas de que su ac- 
titud importaba perder seguramente la futura 
Presidencia de la República, que entonces podía 
considerar poco menos que en sus manos. 


Batile después de l a guerra 
|Ni p rorroga, ni reelecció n! 

Algún tiempo después Batile nos vuelve á dar 
una nueva prueba de su ejemplar despego por la 
Presidencia. Fue á raíz de la terrible guerra del 
1904. 

Acababa de triunfar de una manera total. Sus 
implacables adversarios estaban entregadosá dis- 
eresíón. Con esa inteligencia que los viene carac- 
terizando desde hace tiempo, habían cometido el 
error de exigir entre las bases de paz, la reforma 
constitucional. — Batile debía, pues, ir á la refor- 
ma para cumplir lo pactado con los nacionalistas. 
Hubiera podido mostrarse irreductible invocando 
la palabra empeñada. Y le bastaba irá la reforma 
para hacerla como hubiera querido! 

Hubiera podido irá la prórroga de su mandato, 
á la reelección , á cualquier parte ! — Se sentía pres- 
tigioso, fuerte, con un ejército solidarizado con 
él en una ruda triunfal campaña. — Contaba con 
todo el apoyo del Partido Colorado que se había 
visto, gracias á el, salvado, casi resucitado. — 



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No solo le había dicho como á Lázaro: «Leván- 
tate y anda» sino que lo lanzó rejuvenecido y pres- 
tigioso á la conquista de los grandes destinos í— - 
El país entero, deslumbrado por los progresos que 
le llovían incesantemente de todas partes, de la 
manera más inesperada — como llovió el maná 
en el desierto — no pedia sitió la continuación del 
gobierno de Batllc. 

En apoyo de esa continuación se invocaban 
no tan solo el interés del país sino razones de jus- 
ticia: se invocaba el fracaso parcial de su gobier- 
no torpemente interrumpido por dos guerras. 
Pero Batlle, no se dejó convencer y no quiso 
ir á la reforma constitucional; lo que equivalió 
lisa y llanamente á rechazar la reelección ó la 
prórroga de su mandato — ¿Porqué? — Nada más 
que porque le parecía poco decente, — que por lo 
menos podía considerarlo así mucha gente y so- 
bre todo la gente del extranjero- — que se hiciese 
la reforma constitucional consultando principal- 
mente, aunque fuera en apariencias, el interés del 
Presidente I 

Batlle en la actualidad 


¿Dónde está el que pueda 

comparársele? 

Eso no es todo. Ahora mismo, como lo saben 
muchos, como lo pueden atestiguar, entre otros 
el Dr. Otero y el Dr. Feliciano Viera, — á quien 


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acabo de ver con mucho gusto en este momento — 
manifestó categóricamente á sus amigos, cuando 
lanzó la idea del Ljeeutivo Colegiado, que si lo 
ayudaban á hacer la reforma, le regalaría al País 
un año de Presidencia, yéndose á descansar antes 
de tiempo, muy satisfecho con tal de dejar im- 
plantado el nuevo Gobierno del que esperaba tan- 
tos bienes. 

"V yo pregunto señores como síntesis de esta 
somera exposición — lamentando q ue no estén aquí 
nuestros adversarios para dirigirme á ellos pre- 
ferentemente : — ¿dónde está el ciudadano de nues- 
tro país que haya jugado así , como con un dije, con 
la Presidencia de fu República, como lo ha hecho 
Batlle? — ¿Dónde está, vuelvo á preguntar, en 
este país de delirantes por la presidencia, el ciuda- 
dano que, como Batlle, por simples escrúpulos de 
conciencia, no haya querido llegar por dos ó tres 
veces á la Presidencia ó se haya resistido á man- 
tenerse en la presidencia? — Yo sé que hay mu- 
cha gente que renuncia graciosamente á la blanca 
mano de Doña Inés, pero pregunto ¿dónde está 
el apasionado que después de tener á Doña Inés 
entre sus brazos se ha desprendido de ella por un 
simple arranque de romanticismo? 

( G ra n des ap lauses). 



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í 


17 


Batlle frente al derecho ageno 


Hoy mismo, señores, Batlle está dándonos 
otra gran prueba de lo poco que para él vale el 
poder, cuando no está acompañado de todo el de- 
recho, — nos está dando otra prueba, repito, de 
que su impetuoso espíritu es antes que todo le- 
gal isla y que detiene todas sus ambiciones, todas 
sus aspiraciones cuando se encuentra frente al 


derecho ageno. 


Batlle quiere vivamente la reforma. Batlle se 
siente tan fuerte y tan prestigioso como, después 
de los días de la guerra. Batlle ve que todo su 
partido político y todos las clases avanzadas del 
país se agrupan á su alrededor clamando por la 
reforma. Y sin embargo la reforma no marcha I 

La reforma no marcha porque no quieren que 
marche once senadores . , . 

( Murmullos ). 

. . . [No olviden, señores, que los once sena- 
dores hacen uso de un derecho y que Batlle da el 
ejemplo de que ese derecho debe respetarse! 

Como decía, el torrente reformista es deteni- 
do por once senadores. — Y el tirano, el Porfirio, 
se detiene, se comprime casi, se inclina, solo por- 
que esos once senadores le hablan en nombre 
de la leyl — ¡Y yo pregunto, si ese espectáculo, ma- 
jestuoso dentro de su sencillez, — un bosquejo de 
alta moralidad política trazado en cuatro ras- 
gos — no basta para demostrar al mundo que al 




1 


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- Í8 


líente de los destinos del Uruguay no hoy ningún 
miserable tiranuelo sino un robusto demócrata, 
orgullo del país! 

( Grandes aplausos). 




/ J 

k 


Altruismo d e la acción 

gubernamental de fí at! 1 e 

No me basta Señores, con demostrar que Ha- 
tile procede con desinterés y patriotismo-— eso tra- 
laudóse de tíatlle me resultaría vulgar ; — quiero 
demostrar que su iniciativa es altruista casi has- 
ta el sacrificio. 

Ante todo dejemos constancia de que la ac- 
tuación presidencial dei Sr. Batí le es un perpetuo 
sacrificio. Para él la presidencia no tiene ningún 
halago. Trabaja con más rudeza que el más rudo 
obrero, solo porque siente la necesidad de ganar- 
se bien su sueldo. No goza ni de fos halagos del 

mando porque no tiene ninguno de los estiramien- 
tos del mandón. 

Tiene que vivir en una perpetua negativa no 
solo ante los pedidos de sus amigos, sino ante las 
infinitas miserias que se agitan alrededor de toda 
situación preeminente. Tiene que defender y de- 
íic in.it con una ferocidad sin igual los intereses 
comunes, y sobre todo tiene que vivir eternamen- 
te en brega con sus adversarios políticos, que lo 
atacan en una forma atroz, despiadada, sin ejem- 
plo, —adversarios que no le dan tregua ni en sus 


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momento de mayor angustia aguijoneados por la- 
esperanza de poderlo herir mejor. 

Es claro que Batlle sabe bien que habría po- 
dido hacerse una vida mucho más cómoda. Aún 
después de la guerra le hubiera bastado con abrir 
los brazos, para que sus más implacables ad- 
versarios se apresuraran á correr hacia sus bra- 
zos. Pero Batlle no vino al gobierno para darse 
un gusto, sino para realizar una obra. El rasgo 
fundamental de esa obra, — la base granítica so- 
bre la cual habían de asentarse todas sus re for- 
mas — era el abatimiento deí espíritu levantisco 
de nuestros adversarios tradicionales, con el fin 
de lanzar á los partidos á las grandes luchas cí- 
vicas. á lo que el siempre ha llamado el verdade- 
ro v aran acuerdo nacional. En holocausto deesa 

o 

obra, que debió parecerle inmensa desde que por 
ella afrontó una terrible guerra; sacrificó entera- 
men te su t ranq u i li dad persona 1 . En vez de dee i r con 
el clásico Rey egoísta «i después de mi, el diluvio!» 
llamo á sí el diluvio, se arrojó resueltamente al di- 
luvio con grandes riesgos de zozobrar, pero con 
la viva esparanza de darle al país largos lustros 
de bonanza I 


Altruismo de la iniciativa de Batlle 


Pues el altruismo que ha caracterizado sil vi- 
da gubernamental, caracteriza también su ini- 
ciativa. El podría estar completamente satisfe- 
cho de su actuación. Confiado en su obra hecha, — 


J 


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Nacional del Partido Colorado, [1913]. 


— 20 — 

I srt inmensa obra hecha T -podría reclinarse tran- 
quilo sobre el descanso que tan trabajosamente 
se lia labrado en nuestra historia. Sin embargo no 
lo hace así. — ¡Quiere luchar todavía T— Ha entre- 
visto un porvenir mejor para su patria y quiere 
alcanzarlo a toda costa. — Sabe que la partida es 
difícil ; sabe que puede ir al fracaso, — porque el 
fi a cas o es si cm p re pos i b I e , aun en 1 a s o bra s me- 
j o i c < > n ee b id as; — sabe que el 1 r acaso n o so 1 o sería 
el i idículo para él, sino que podría ser el oscure- 
cimiento de toda su obra y sin embargo se empeña 
en jugar la partida. Quiere arriesgar a una única 
carta — a una carta realmente tentadora— toda su 
reputación amasada con infinitos sacrificios. Ni 
siquiera 1c basta con ser el precursor, porque él 
que no trabaja solo por su gloria, sino principal- 
mente para el bien del país, quiere realizar ese 
bien, y se desespera ante el temor de que por falta 
de entusiasmos, los que vengan no puedan ó no 
q u ie r a n real i za r 1 o . 

Y se lanza á la obra, al través de todos los 
p j /c j u i c i os , a 1 í. n i ve s d e i od os \ o s o lista cu 1 os , p or 
encima de todas las resistencias, con una obsti- 
nación real me n te s u b y u ga d ora . — K 1 pe 1 i gr o d e 
quedar solo, sin los mejores tenientes de su larga 
y ^ ^ Hipa na, 1 ej os de ai ni 1 an a rio lo a gi gan~ 

ta.. i Safo se bu tira contra todos, con la clara visión 
de triunfar sobr todos!. . . Su instinto, pues, debe 
decirle muy claramente, muy vivamente, que la 
etapa que persigue es el coronamiento natural de 
toda su obra, y nosotros debemos creer en el ins- 


( 


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— 21 


tinto de ese hombre superior, de ese meditativo 
realizador, genial á su manera, empeñado en al- 
canzar la inmortalidad por el engrandecimiento 
de su pueblo y el mejoramiento de sus conciuda- 
danos ! 

( Aplausos). 


La encuesta de los letrados 


y ia reforma 


Se ha querido presentar la inicia tiva de llatlle 
como una extravagancia, como el engendro mons- 
truoso de una mente aliebrada. ¿Por qué? Es lo 
que está por verse todavía, pues por ahora lo más 
contundente que se ha aportado al debatees la en- 
cuesta de los letrados. 

Ya dije en otra ocasión — al defender el di- 
vorcio unilateral — que la opin ión letrada maní tes- 
tada en bloek, no ejerce una acción decisiva en 
mi espíritu. Estoy demasiado acostumbrado á ver 
equivocarse á los letrados cuando escriben sus fa- 
tigosos alegatos ó redactan sus complicados rosa- 
rios de resultandos y considerandos que llaman 
sentencias, para no admitir que pueden equivo- 
carse más fácilmente cuando se pronuncian sin 
mayor análisis, por un simple si ó no. Y conste 
que hablo con pleno conocimiento de causa, por 
ser del oficio y por haber sentido en carne pro- 
pia la facilidad con que llevan al error los pronun- 
ciamientos poco meditados. 




1 


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Agregaré ahora que el resultado de la en- 
cuesta estaba previsto. Nunca esperé otra cosa. Es 
que toda consulta gremial no puede dar más que 
una resultante, ó sea la inedia del concepto co- 
rriente sobre la materia consultada. Y esto, que 
es verdad para todos los gremios, lo es sobretodo 
para los gremios universitarios, uniformados por 
la lai ga disciplina de los estudios comunes. 

La influencia unive rsitaria 

No seré yo quien hable mal de la Universi- 
dad desde que lo poco que soy se lo debo á ella y 
desde que entiendo que una de las obras mejores 
de Batlle es ese reguero de cultura que ha difun- 
dido por el país llenándolo de pequeñas Univer- 
sidades. Pero entiendo que la Universidad — im- 
perfecta como toda obra humana — presenta al 
lado de sus muchas cosas buenas alguna cosa 
mala. Uno de los males de la Universidad es, en 
mi concepto, lo que yo llamaría el igualitarismo 
universitario. La Universidad se me aparece co- 
mo una maquina destinada á frabricar intelectua- 
lidades de la misma talla. [Se diría que es escaso 
oí numero de moldes de que dispone para el va- 
ciado de tantos espíritus! Enseña á todos las mis- 
mas cosas, en los mismos libros, por los mismos 
métodos, con los mismos maestros. Las inteligen- 
cias labradas en la Universidad se resienten for- 
zosamente de la implacable uniformidad de la 
mano de obra! Los abogados salimos sabiendo 



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todo el derecho codificado, todo el comentario del 

derecho ; pero no sobrepasan de ahí los horizontes 

de nuestros conocimientos. La aparición de una 
idea nueva, de una idea que no hemos visto en la 

montaña de nuestros libros, nos desconcierta, 
nos desorienta, como desorienta y desconcierta a 
los médicos la aparición de una peste desconoci- 
da! Con una agravante para nosotros: que mien- 
tras los médicos tienen las autopsias, los labora- 
torios, los microscopios para investigar y tratar 
de discernir, los abogados no contamos más que 
con nuestro pobre magín casi siempre dcfiieien- 

temente nutrido. 

(Muy bien. Aplausos). 


Los reformadores y su obra 


Los abogados pues— salvo las raras excep- 
ciones que confirman la regla — difícil mente abo r« 
darán nunca nada que se aparte de las ideas co- 
rrientes. Si Batlle hubiese sido abogado, proba- 
blemente no habría reformado nada. Pero, por 
suerte no llegó á ser abogado! En cambio es un 
reformador, y por eso vive cincuenta años mas 
adelante que todos nosotros! Porque, la eaeterís- 
tica de los reformadores, es precisamente, cierta 
discordancia de ideas con las ideas de las mayo- 
rías. Sin esa feliz, discordancia, sin los factores ca- 
si siempre revolucionarios que aportan los refor- 
madores, el progreso habría seguido una marcha 
de hor mitra v la humanidad estaría todavía en 

’V' 

pañales! (Muy bien): 


L 


j 


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Niulie que represente el tipo medio de las 
clases conservadoras, nadie que busque su inspi- 
ración en las ideas predominantes, podrá nunca 
reformar nada. Los reformadores son los que an- 
ticipan satisfacciones á necesidades todavía leja- 
nas; son los que presienten ansias todavía en qer- 
mcnen ío más obscuro del alma popular,— son 
os que inyectan sangre nueva,— son Jos que in- 
gerían en el rústico árbol institucional la rama 
truel itera cuidadosamente seleccionada en el am- 
plio jardín de las instituciones del mundo! Y fa 
característica de la verdadera reforma— de fa 
reforma impuesta por el verdadero reformador 
—es que apenas cristalizada, el pueblo se le asi- 
mila, se la apropia, la hace suya, la cree un pro- 
ducto natural de su esfuerzo, con la misma buena 

e ton 4 llc ur k°I viejo se cree autor del in- 
gerto! 

La exp eriencia nacional ante la obra 

del reformador 

Así ya ha sucedido y asi seguirá sucediendo 
en nuestro propio país. -Cuando se discutía la 
ley del divorcio se dejaron oir las más vibrantes 
alarmas, se presentaron á la Asamblea verda- 
deros cartapacios con las firmas de los protes- 
tantes y de los que profetizaban la disolución de 
la vida conyugal en cuanto se aprobase la ley. 

3110 e * d,vorci °* se amplió considerablemente 


L 


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por dos veces la lev de divorcio, y no solo no se 
ha disuelto nada, sino que el pueblo se lo ha asi- 
milado tan bien, lo ha sentido tan vivamente 
como cosa suya, que hoy seria trabajoso, por no 
decir imposible, arrebatarle la hermosa conquis- 
ta.— Clamores parecidos se hicieron oir cuando 
se empezó á discutir la abolición de la pena de 
muerte, — esa monstruosidad que avergüenza 
todavía hasta la culta y humana Francia, boa 
prudentes de todos los tiempos nos anunciaban 
entonces que el pueblo se estremecería de terror 
ante el avance de los que querían librarlo inerme 
en manos de los asesinos.— Pues vino la aboli- 
ción y el pueblo se siente tan cómodo con ella, la 
cree tan sinceramente obra suya, que no seria 
aventurado predecir verdaderas asonadas para 
el caso de que un inesperado paso hacia la bar- 
barie lo empezara á regalar con ejecuciones! 

Hoy mismo está en el tapete de la discusión 
la jornada uniforme de las ocho horas,- — Esas 
ocho horas encuentran una resistencia implaca- 
ble en todos los cerrados cuadros conservadores, 
al punto de que el proyecto podría darse por nau- 
fragado, si no se contara con la tenacidad del 
espíritu de Batlle que lo sostiene, lo empuja y ha 
de llevarlo á puerto.— Pues las ocho horas ven- 
drán, pese á quien pese y en fecha no lejana, y 
cuando sus indiscutibles beneficios empiecen á 
sentirse, aún por los mismos que más las resis- 
ten, ustedes verán como Tirios y 1 royanos se 
hacen partidarios apasionados de la reforma. 


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Pues lo que ha sucedido con el divorcio i la pena 
de muerte, y lo que va á suceder seguramente con 
las ocho horas, tendrá que suceder con más razón 
con el Ejecutivo Colegiado, — porque esta reforma 
tan racional como cualquiera de las precitadas 
es infinitamente más trascendente y cuando el 

■L 1 

pueblo la vea cristalizada en hecho jgnayl del 
que se la quiera arrebatar ! 

Lo mejor de Satlle es s u espíritu 

reformador 


Esc espíritu reformador de Batí le, que sus 
enemigos critican tan acerbamente, es precisa- 
mente su fuerza. Por esa originalidad desús ideas 
y por la energia con que las defiende y las lleva 
á la práctica es que va á pasar á la historia, — 
más aún que por su inmensa c indiscutible pro- 
bidad. Es que gracias á su espíritu nuevo se ha 
desencadenado en el ambiente del país un venda- 
bal de discusión que lo ha saneado, que lo ha 
transformado ! 

Este país que hasta ayer era para cí extran- 
gero un simple país ganadero ó cuando más un 
país de blancos y de colorados, hoy es un país de 
ideas. Nuestras fronteras morales se han ensan- 
chado, pues, enormemente. Lo que antes apenas 
.se dibujaba en el mapa del mundo, empieza á 
tomar relieve. Ya no solo se habla de nosotros 
sino que se empieza á tomarnos como ejemplo. 


. 


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— 27 — 




El país renace y crece ante la mirada atónita de 
los que nos miran de lejos, como á veces suele 
nacer y crecer en la llanura una montaña, gra- 
cias á la fuerza del fuego interior! 


El cuento de la soledad 


Se ha querido debilitar la acción de Batlle 
haciéndole al país el cuento de la soledad. Inteli- 
gentemente nadie ha podido creer en aquella 
soledad, — pero talvez se creyó cándidamente, 
poder hacerla á fuerza de hablar de ella, olvi- 
dando que habla hechos fundamentales y noto- 
rios que habilitaban para rechazar á priori, la 
afirmación. Si Batlle hubiese estado solo no hu- 
biera podido resistir la implacable propaganda 
que se le ha hecho. A Batlle, como ustedes lo 
saben también ó mejor que yo, se le ha atacado 
con una violencia casi inaudita, sin ejemplo en 
nuestra historia. Ningún tirano de verdad ha 
sido agredido tan rudamente, talvez porque con- 
tra los tiranos de verdad esa. clase de agresiones 
resultan más complicadas y con mayores conse- 
cuencias. 

Casi todos los diarios del país se lian dado la 
mano, se han pasado la palabra y han tratado de 
desencadenar contra la situación una formidable 
tormenta. Por fortuna la tormenta resultó de es- 
cenografía y no ha conseguido conmover, — rizar 
siquiera — nuestro plácido ambiente político. Los 
implacables enemigos de Batlle han creído real- 




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mente poder desencadenar un verdadero terre- 
moto, Pero el país se ha resistido á estremecerse. 
Todo el mundo trabaja contento, seguro de su 
presente, más seguro todavía del porvenir, digan 
lo que digan los diarios déla oposición. El crédito 
nacional se mantiene erguido. Los sensibilísimos 
valores de bolsa no se lian encrespado. ¡Ni si- 
quiera han conseguido hacernos hablar de la gue- 
rra, ese espantajo con que todos soñábamos des- 
piertos hasta ayer, precisamente hasta el día en 
que vino Batlíe y de un zarpazo lo apartó para 
siempre de nuestros ojos! 

(Aplausos). 

. . . En cuanto á Batí Je, bien arraigado en el 
corazón de su pueblo, se ha mantenido enhiesto, 
inconmovible, como una de esas altas v robustas 

-s.-' 

encinas que corren las mayores tormentas sin 
perder una sola de sus ramas I 

(Aplausos ). 


El prestigio popular de Batlle 


Es necesario vivir fuera de la realidad para 
creer que el prestigio popular de Batlle haya po- 
dido menguar. Para el pueblo, Batlle es hoy lo 
que era ayer, más de lo que era ayer, porque hoy 
tiene á su favor otros dos años de esfuerzos fran- 
camente orientados en su esclusivo beneficio. El 
pueblo que tiene un gran instinto, siente bien que 
si no se ha marchado más de prisa, es porque 
Batlle no puede solo, contra la inercia de todos los 
reaccionarios y retrógrados. (Aplausos). 


L. 


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\ 


No es posible, pues, pensar en dispersiones 
alrededor de Batlle. Podremos dispersarnos los 
dirigentes, los que aspiramos á influir en la obra 
de Batlle. Podrá dispersarse el Estado Mayor , . . 

Una ros. — -Pero no el pueblo. 


$r, Arena, — , . . pero no el pueblo, como lo 
dicen con toda justicia desde la platea, porque 
ese pueblo que siente que no será toda la vida más 
que dirigido, — y solo aspira á ser bien dirigi- 
do — sabe bien que con nadie estará mejor que 
rodeando á Batlle. Y la prueba, señores, del in- 


menso arraigo de Batlle en el alma popular, nos 
la dará la. consagración de su segunda Presiden- 


cia, esa inmensa nía ni testación que ya veo con 
la imaginación desbordando en nuestras calles y 
que la espero tan compacta y clamorosa, como 
para dejar helados á nuestros más irreconcilia- 
bles adversarios. 


La popularidad de 

B atlle co nsagrada 

Pero no tenemos porque decretar esperas 
para juzgar de la popularidad de Batlle. Los he- 
chos se han producido ya. Bastó un gesto del 
extraño solitario para que grandes legiones se 
movilizaran en todos los ámbitos del país y cla- 
maran por la reforma. Ese magnífico espectáculo 
lo debemos- — confesémoslo para ser justos — á los 
once Senadores ... 

(Aplausos). 


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— 30 — 

. . . Ellos fueron el obstáculo opuesto al torren- 
te que ha servido para vigorizar el torrente, para 
darle más fuerza al torrente I 

El Batllismo estaba adormecido. Sin adver- 
sarios al frente, seguro de sus destinos, seguía 
tranquilamente su marcha ascencional, creyendo 
alcanzar sin lucha sus grandes ideales. 

Ese quietismo que origina siempre la falta 
de adversarios, pudo hacer creer un momento 
que la reforma fuera un fruto artificial impuesto 
por Batlle- y aceptado lisa y llanamente por los 
partidarios de Batlle. Pero bastó que sonaran 
voces aisladas de peligro en las propias filas para 
que el Batllismo en masa se pusiera en pie, y se 
irguiese, y se agrupase, y rodease á su jefe y se 
dispusiera á ir á la lucha con los mismos entu- 
siasmos y con la misma decisión con que en días 
menos felices para la patria ofreció su sangre v 
su vida á la causa de la civilización ! 

(Muy bien )! 

Ante las columnas y las manifestaciones des- 
bordantes, como esta de entusiasmo, que se 
han repetido á diario en todo el país; ante las 
infinitas listas de adlierentes á la política de 
Batlle, que han llenado las columnas de los dia- 
rios, no ha sido posible seguir hablando de la 
soledad de Batlle, — sería negar la evidencia I 
Pero en cambio, cambiando de táctica, se ha em- 
pezado á afirmar que los que rodean á Batlle no 
son más que empleados públicos, aspirantes ó 
empleos e inconscientes! 


. 


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31 


6omo son los partidarios de Batlle 


No voy á detenerme mayormente en la pri- 
mera afirmación. Si fuera á hacer estadística tai- 
vez pudiera probar que los mejores empleos es- 
tán en manos de nuestros adversarios. 

(Aplausos ). 

Por otra parte, todos ustedes saben que con 
los raros empleos que se ofrecen en la Admi- 
nistración, no es posible mover las grandes ma- 
sas. — ¡No hay para tantos! — Precisamente, si algo 
está bien demostrado, es que las grandes masas 
las forman siempre los que concretamente nada 
piden ni nada esperan, los que casi, nunca calcu- 
lan, los que corren jadeantes desde un pasado 
remoto detrás de un ideal siempre fujitivo de 
justicia y de piedad:— el ideal, que en la medida 
de sus fuerzas es, precisamente, el que enarbola 
Batlle. 

Detengámosnos un momento ante la segunda 
afirmación. Indudablemente entre los que se ad- 
hieren á Batlle hay muchos que si se les obligara 
á disertar sobre el Ejecutiva Colegiado lo liarían 
de seguro peor que yo. No todos son letrados, 
hay que confesarlo, los adherentes de Batlle* 
Pero en el más humilde de esos adherentes hav 

Wr' 

un convencido de que Batlle es un hombre que 
quiere sinceramente el bien del país. Todos los 
adherentes de Batlle saben que siguiendo á Ba- 
tlle irán infaliblemente por el buen camino; — 


j 


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están acostumbrados desde hace muchos años á 
acompañarlo y á contar con su acierto. El con- 
flicto se resuelve, pues, una vez más en forma 
pasional, como se han resuelto siempre los gran- 
des conflictos en el campo de la historia. Los 
colorados se agrupan al rededor de Batlle con la 
misma confianza, con la misma convicción, con 
el mismo entusiasmo con cjue los creyentes se 

agrupan al rededor del q uc predica la religión 
nueva T 

El fenómeno es perfectamente natural. No se 
produce solo en las capas humildes de la socie- 
dad,— se produce en todas las capas . . , Yo mismo 
no diría toda la verdad— y acostumbro á decirla 
siempre toda — si no dijera que yo también he se- 
guido á Batlle. 

Cuando recién lanzó el magno problema del 
Ejecutivo Colegiado, yo también sentí ese horror 
por lo nuevo solo comparable al horror por el 
vacío de que nos hablan los físicos. Pero yo con* 
veise con Batlle, discutí con Batlle y concluí por 
con vencerme, y hoy soló lamento no tener más 
1 116 1 t LS t n o i 6 n 6 1 1 inii s facn Ita d 68 pü ra pone r la s 
totalmente al servicio de la gran causa popular. 


i - 


La confianza en la vida 


3 ? í 




- : ■ \ 


Nada mas natural en la vida, señores, que el 
confiar los unos en la pericia de los otros* La vida 
es un perpetuo acto de confianza* Al tomarse un 
automóvil se confía en el chati fer. Al tomarse un 


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— — 

barco, se con l ía en el capitán y en los tripulantes. 

El acto elementa] {.simo de la comida diaria, no se 

tone i Ik sin tma total confianza en el cocinero. 

Cuando aparece un enfermo ¿qué se hace? Se vá 

inmediatamente al médico de confianza. Cuando 

surge un simple conflicto pecuniario ¿qué se 

hace? Se va en seguida al abogado de confianza. 

o Que h a> tic extraño, pues, que cuando surge un 

conflicto político, — que es casi siempre el más 

oscuro y enmarañado de los conflictos— los que 

no pueden ver claro recurran al político de su 
confianza? 


Batlle es nuestro p olítico 
de confian za ! 

Pues bien: Batlle es para nosotros, ibera de 
toda duda, el político de confianza . 

( Aplausos ). 

. . . Es el que mejor se ha ganado esc titulo con 
•?us gj andes esfuerzos; es el que más se lo merece 
por su preparación. 

En toda su vida— ya larga— no ha hecho más 
que política. Se podría llamar, á justo titulo, un 
especialista de (a política. Ha nacido un predesti- 
nado ile la política y seguirá hasta el fin su des- 
tino. fia abarcado la política, cu sus más diversas 
manifestaciones. Desde la prensa ha hecho como 
pocos la oposición- — y no la confortable oposición 
que se hace ahora, con la garantía — casi con el 


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estímulo — de las policías del Gobierno — sino la 
ruda oposición de los tiempos duros, aquella en 
la que se jugaba positivamente la vida á cada 
momento; con cada palabra! 

Ha hecho política en la paz y en la guerra. 
Esa formidable máquina de la Presidencia, cuyo- 
proceso está haciendo ahora con tanta energía, la 
ha tenido tres veces en sus robustas manos. ¿ Qué- 
de extraño, pues, que con semejante caudal de 
experiencia, teniendo como tiene un talento in- 
discutible y unos levantados propósitos que na- 
die podrá aventajar, que de extraño, repito, que 
sea el hombre llamado á asesorar á sus correli- 
gionarios en los momentos obscuros de incerti- 
dumbre y de conflicto? 


i 


Ejemplos concluyentes 

Agregúese que las conclusiones á prior! que 
pueden establecerse á su favor, están abonadas 
por los hechos — por una larga serie de hechos 
que nos lo muestran íirme cuando todos hemos 
vacilado, en lo cierto cuando todos hemos estado 
en el error. Podemos citar algunos ejemplos. 

La política de partido era, en nuestro país, 
una cosa casi inconcebible. La veíamos fructificar 
de una manera expléndida en muchas partes, 
pero se le consideraba una planta exótica inca-, 
paz de arraigar en nuestro medio. Hoy , la políti- 
ca de partido, gracias á Batlle, y contra la opi- 
nión de todo el mundo, es un hecho definitiva- 


I 



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mente triunfante cu el país, al punto de que ya son 
pocos los que se atreven hablar en serio de la 
política de coparticipación. 

Cuando la guerra, los mismos que habían 
pedido la guerra, cansados de tanta 1 guerra, pe- 
dían a toda costa, por cualquier medio, la cesación 
de la guerra. 

hl único que dijo: «¡ no, la guerra debe acabar 
por la misma guerra!» fue Batí le— y nó por espi- 
i i 1 u de crueldad, naturalmente, sino porque tuvo 
la clara visión deque una vez producido el desas- 
tre, cada gota de sangre que corriera economiza- 
ría torrentes para el porvenir! 

( Muy bien — Prolongados aplausos). 

Más ejem plos concluyentes 


Cuando la abstención nacionalista, todo el 
mundo, asi, todo el mundo, creyó que ella impor- 
taba una catástrofe , — que era la verdadera paz 
armada. V tan lo creíamos todos, que corrimos 
de puerta en puerta á pedir por favor A muchos 
ciudadanos adversarios que vinieran á ocupar 
bancas regaladas por el Partido Colorado. K1 
único que no creía en la catástrofe, que se reía 
de nuestros temores, que protestaba contra nuea- 
tras insólitas súplicas era Batlle, que nos gritaba 
desde el otro lado de los mares: «Imbéciles!, 
—no nos decía eso, naturalmente, pero nos decía 
algo equivalente -dejad que los blancos se abs- 



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tengan : ¡es lo mejor que pueden hacer para llegar 
más pronto á su total aniquilamiento»! 

( Grandes aplausos). 

Ahora mismo, al iniciarse su segunda presi- 
dencia, todos le dijimos: «Señor, usted que nos 
ha dado la calma material, es necesario que nos 
dé ahora la calma de los espíritus; — debe tratar 
bien á los nacionalistas, hacer algo para que 
en este pobre país no se hable más de guerra»! — 
Y él nos contestó: «Sí, señores, tienen razón : hay 
que tranquilizar los espíritus, es necesario que 
no se hable más de guerra y espero en seis meses 
conseguirlo». — Y se puso á la obra. — Pero, en vez 
de aplicar nuestra receta, se lanzó en aquella 
propaganda inesperada, revulsiva, desconcertan- 
te que empezó con el célebre: «¡No lo ha dicho, 
ni lo piensa!» y cuyo resultado filé, con sorpresa 
de todos, que seis meses después, la palabra 
guerra desapareciera hasta ahora, tal vez para 
siempre, de nuestro vocabulario político! 

( Grandes aplausos ). 


V 

h 

h 




La influencia de Baílle es legítima! 


Y después de todo esto, yo pregunto: ¿puede 
dudarse de que es realmente Batí le un político 
cuyo dictamen hay que seguir? Aún suponiendo 
que todos estuviésemos contra el Ejecutivo Cole- 
giado, ¿no podría suceder que él que tantas ve- 
ces ha tenido razón contra todos, tuviese razón 
una vez más solo contra todos? — Y sobretodo: 


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Nacional del Partido Colorado, [1913]. 


i ¿quien puede desconocer el derecho de que su 
formidable espíritu pese intensamente en la opi- 
j -frión nacional , cuando ha bastado que se encum- 
brara á la Presidencia de la República, para que 
todo nuestro viejo y defectuoso mecanismo insti- 
tucional empezara á crujir por los cuatro cos- 
tados? 

( (.j ra 1 1 d es a p la usos). — (Descanso ), 



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ENTRANDO EN HATERIA 




■S^J 


Recién ahora, contando con la benevolencia 
1 cle ustedes, voy a decir a í gimas cosas sobre el 
fondo de la cuestión que deseo tratar, ósea sobre 
el Poder Ejecutivo Colegiado. No puedo tener la 
pretensión de decir todo loque habría y se podría 
* decir sobre esta grave materia, en una sola con- 
ferencia* Para realizar medianamente semejante 
p r< > po s i to ha br i a q u e a bu s a r d e 1 a pu e i en c ia d e 
ustedes, y propinarles otras dos o tres eonieren- 
cias* Por otra parte, los adversarios hasta ahora 
no n os h a n d a d o as ti n to , po r cpi e , c o m o es n ot or i o , 
no han empezado todavía su verdadera campaña 
— la de los argumentos — contra el Ejecutivo Co- 
1 eg i a do . C ti a n d o e o m i en ce n 1 es e on test a remos . 

I or ahora nos vamos a limitar a avanzar algunas 

» * o 

;as. 


!■- 

■ t 


i| 



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El régimen presidencial es ilógico 

Kmpie/o pop hacer notar que el régimen pre- 
sidencial vigente no tiene ninguna justificación 
lógica, que hasta se le podría calificar de absurdo 
sin incurrir en demasía. — Por mi parte, solo me 
lo explico impuesto por la necesidad y la urgen- 
cia. —La democracia ha trabajado demasiado 
a prestí rada liten te , y 1c lia faltado campo para ha- 
cer expenan ei as. Rodeada de reyes, abrumada 
por los reyes, su tarea fundamental fue suprimir 
los reyes. Pero, careciendo de antecedentes ibis- 

<%s 

trativos, creyó buenamente que para que la socie- 
dad marchase, era necesario sustituir al Rev con 
algo que se le pareciese. Y sin tiempo para mayor 
examen, urgida por los sucesos, colocó en el «¡tío 
del Rey al Presidente; sin advertir, que en defi- 
nitiva, no había hecho más que crear un pequeño 
Rey, un Rey no vitalicio, elegido á termino, pero 
que tiene, evidentemente, toda la autoridad, toda 
la importancia, todos los honores, hasta toda la 
i n i p unid a d q u e tienen los R ey e s . 


U na prueba exper imental 

De que el Presidente no es más que un peque- 
ño Rey, lo probaría de una manera experimental, 
que es el medio de prueba por excelencia, fema- 
ría, por ejemplo, á un ruso recién venido, que no 
conociese nada de nuestras instituciones, y lo lie- 


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varía en un día de tiesta patria a conocer a unes- 

i 

tro primer magistrado. Y estoy seguro que mi 
ruso al ver á nuestro Presidente con el pecho cru- 
zado por la banda, marchando entre tambores y 
trompetas, seguido de lujosa escolta, entre un 
ejército que le presenta las armas, gritaría in- 
mediatamente: «¡lie ahí el Czar del país!», por- 
que para el, por las formas — y las formas son 
mucho en la vida — nuestro Presidente no tiene 
ninguna diferencia con el Czar de su ¡ierra. 

En plena evolución gubernamental 


K1 sistema presidencial, no debe ser conside- 
rado, pues, para honor de la democracia, sino 
corno un estado provisorio, un estado de transi- 
ción. Y el paso que queremos dar con el ejecuti- 
vo Colegiado, tampoco, constituirá, seguramente, 
el estado definitivo, y no importará otra cosa que 
un nuevo esfuerzo en la lenta y natural evolución 
hacia el perfecciona miento gubernamental. — Creo 
firmemente., que el gobierno verdaderamente de- 
mocrático sera un día el gobierno del mayor uú- 
, mero, y que es á eso, fatalmente, donde nos lle- 
vará el progreso. 

En consecuencia, pasando del Presidente, — 
punto inicial de la época nueva, — al Ejecutivo 
Colegiado, no se hará más que señalar una se- 
gunda etapa en la marcha ascendente hacia la 
libertad. 


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42 


Tendenci a universal 

hacia ei colegialismo 

Para .sentar la seriedad de nuestras ideas 
conviene que tomemos en cuenta, esa tendencia 
universa) de hacer colegiados todos los meca- 
nismos directivos. No se hace nada en el mundo, 
no se funda nada que tenga alguna significación, 
que tenga alguna importancia, que no se ponga 
invariablemente, bajo los auspicios de una Co- 
misión Ejecutiva. Esa tendencia universal, no se 
limita ya á las cuestiones privadas, sino que em- 
pieza á invadir el campo de la administración, el 
cara po d e 1 Esta d o . 

Ei coleqiaSismo triunfante 
en la just icia 

lia invadido ya, totalmente, el campo de la 
justicia. Hasta hace pocos años, se sostenía en 
todas partes alrededor del Poder judicial, la mis- 
ma brega que se está sosteniendo ahora alrede- 
dor de la Presidencia E ni personal. Se decía que 
no eran posibles los Jueces colegiados; que el 
colegial ismo arruinaba, suprimía la justicia á 
fuerza de dividir la responsabilidad, — que los 
Jueces unipersonales, exclusivamente responsa- 
bles, eran indispensables, insustituibles, para 
que pudiese haber justicia. 




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Pues bien: el .sentido común ha triunfado en 

i 

esa materia en el mundo entero. Va sólo por 
excepción hay jueces unipersonales. La justicia 
está en todas partes en mano de Comités Ejecu- 
tivos. Y se ha conchudo por tener tal fé en esos 
Jueces tic conjunto, que hasta ayer se considera- 
ban absurdos, tpie hoy se les considera insusti- 
tuibles para economizar tiempo v obtener una 
buena justicia. Gracias al nuevo sistema, los 
pleitos que antes duraban años y tenían dos y 
tres instancias, hoy se resuelven en una sola, v 
en meses ó días, donde quiera que hay una judi- 
catura bien organizada. — Los distintos perso- 
najes que antes se hacían aparecer sucesivamente 
en los pleitos, aparecen ahora de una vez en la 
escena, y se fia totalmente el éxito en la inter- 
vención simultánea del mayor número posible 
de jueces. 


El ej ecutivo colegiado triunfante 

en Europa 


Pero hay más: el Coíegialismo no sólo ha 
invadido la administración de justicia universal, 
sino que empieza á invadir el mismo Poder Eje- 
cutivo de los Estados. El Gobierno de Francia, 
no es en el fondo sitió un Comité Ejecutivo, por- 
que ustedes saben que el Presidente no gobierna, 
que quien realmente gobierna es el Gabinete, ó 
sea una verdadera comisión, que á su vez, de- 


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pende de otra gran Comisión, el Parlamento. — 
Y yo me digo: si una Comisión, dependiendo 
de otra Comisión, puede hacer buen Gobierno 
en Francia, ¿por qué una Comisión, depen- 
diendo directamente del pueblo, no ha de poder 
hacer buen gobierno en el Uruguay? 

No es sólo en Francia que triunfad Gobierno 
Colegiado. Creo — estoy seguro — que los presti- 
gios de los Reves de Inglaterra son la obra excltl- 
si va de sus Ministerios, que son, en definitiva, 
verdaderos Gobiernos Colegiados. Kstoy por afir- 
mar que los Gobiernos Colegiados ministeriales 
son los que están salvando á las reyeeias deca- 
d e nt.es d e 1 a E uro pa . 

Ese Gobierno Colegiado Ministerial de que 
vengo hablando, lia tenido la virtud de dulcificar 
hasta la autocracia Rusa; — jlia tenido la virtud 
de hacer posible la vida en Rusia! — V por último, 
la perfección de ese estado de cosas, el verdadero 
Gobierno Colegiado, sin Rey, sin Presidente, lo 
vemos funcionar de una manera maravillosa en 
Suiza, ese país tan pequeño como el nuestro, tan 
pintoresco como el nuestro, que parece invitarnos 
desde lejos, con un gesto fraternal, á que ocupe- 
mos, por n uestras instituciones, el primer puesto 
en la América, de la misma manera que él lo 
está haciendo en Europa 1 


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El colegialismo triunfante en los 
Municipios Norte Americanos 

Siempre se ha hablado con razón entre nos- 
otros de que Norte América es como un espejo 
de democracias, y con frecuencia se nos dice 
que si queremos buscar ejemplos de reformas 
para el Gobierno de la República, no debemos 
ir á Suiza, que para, nosotros es un país exótico, 
sino á Norte América, más afín con nosotros y 
donde hemos de encontrar materiales de so- 
bra. Pues bien: en Norte América, según no- 
ticias muy íidegdinas que me acaba de suminis- 
trar mi distinguido amigo el Dr. Otero, — un 
excelente v avanzado eolegialista, — se esta ope- 
raudo un movimiento franco hacia el Ejecutivo 
Colegiado. 

Conviene hacer notar que en Norte América 
no es extraño que se mire con buenos ojos el Go- 
bierno Colegiado, porque muchos desús Estados, 
los más prósperos, en los tiempos délas colonias, 
se rigieron por Gobiernos Colegiados. ¡ Los Go- 
biernos Colegiados realizaron, pues, en gran par- 
te, ese prodigio de la emancipación Norte- Ame- 
ricana! — Pero no es esa trascendental circuns- 
tancia — ya remota — la que ha hecho dirigir los 
ojos hacia la reforma. Ha sido una experiencia 
tan nueva como maravillosa que data apenas de 
diez años. — Una gran ciudad de aquel afortunado 


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4(1 


país, la ciudad de Galveston, fué totalmente des- 
truida por un terremoto. A sus habitantes, para 
salir de su situación desesperada, se les ocurrió 
entregar sus destinos en manos de una Comisión 
Ejecutiva formada por siete miembros. — Pues 
bien: la Comisión realizó tales maravillas que 
hizo resurgir rápidamente á la ciudad como al 
Fénix de sus cenizas. Los resultados fueron tan 
extraordinarios, que esos Comités Ejecutivos Mu- 
nicipales, que son verdaderos gobiernos, porque 
ustedes saben mejor que yo que un Gobierno 
Municipal norteamericano abarca más que todo 
nuestro Gobierno nacional — que esas Comisio- 
nes Ejecutivas, digo, adquirieron tal prestigio, 
que un sin número de ciudades empezaron á 
adoptarlas como sistema. — Y esta es la hora en 
que hav dos tientas ciudades norteamericanas 
regidas por el Gobierno Colegiado. Y tan sensa- 
cional ha sido el resultado alcanzado por las dos 
cien tas ciudades colegial istas, que se ha fundado 
una Liga Municipal, que no tiene otro objeto que 
difundir el sistema en todo el territorio norte- 
americano. 


Ei colegialismo avanzando 


hacia los Norte Americanos 


Pero eso no es todo. En Norte América los 
publicistas ya se han lanzado francamente en la 
propaganda del Gobierno Colegiado para todas 




/ 1 1 


i 


a 


* A 


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Í7 


i 




las instituciones ejecutiva» de la Unión. Ya empie- 
zan á llegar los libros procedentes de la gran Re- 
pública en que se trata la magna cuestión. El Dr. 
Otero ha puesto á mi disposición, precisamente, 
un folleto escrito por un señor constituciona lista 
llamado Mac-Craekan, que tiene por título «La 
« reforma de las Instituciones norteamericanas 
« por las Instituciones Suizas». á la mejor prue- 
ba,— la gran prueba — de que la propaganda 
que aquel publicista hace no es una propaganda 
aislada y sin importancia, es que en un Estado 
importante del tiesto, se acaba de presentai un 
proyecto al Congreso estableciendo para dicho 
Estado el Gobierno Colegiado. Lo que quiere 
decir, señores, que si no nos apresuramos un 
poco, serán los Estados Unidos en vez del Lru* 
gu ay los que darán el ejemplo de la reforma en 
América. El único consuelo que nos quedará, si 
ello se produce, es que la culpa lio será nuestra. 

(Aplausos ). 


4 


El colegi ado en nuestro ambiente 

No salgamos de nuestro medio para estudiar 
de una manera práctica la cuestión. En nuestro 
medio estamos llenos de instituciones colegiadas 
funcionando frente á instituciones del sistema 
opuesto. Las ventajas del colegialísmo dentro de 
nuestro país han sido tan evidentes que hoy no 
habría quien se atreviese á proponer la sola fun- 
dación de una sociedad recreativa que no es tu- 


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del Partido Colorado, [1913]. 


v i ese presidida por mi directorio. Kit nuestra 
justicia, el triunfo es total. Los litigantes empie- 
zan á sentirse más garantidos, á medida que au- 
menta el número de los Jueces; y cuando esa ga- 
rantía alcanza el máximum es precisamente 
cuando se llega ñ la Alta Corte, en donde en vez 
de un Juez hay cinco! 

Detengámonos un momento, en un estudio 
somero de la Alta Corte. Nadie niega que fun- 
cione bien, lodo el inundo esta de acuerdo en 
que dentro de las imperfecciones humanas, es un 
mecanismo relativamente perfecto. Pero se ar- 
guye: «i No es lo mismo administrar justicia, que 
hacer administración!» Pues yo contesto, que 
la Alta Corte, no hace solamente justicia, sino 
que hace también administración. La Alta Corte 
tiene un ejército de empleados á su cargo, y no 
sólo los nombra bien, sino que los disciplina de 
una manera bastante satisfactoria. 


Nombrar bien es gobernar bien 

Por otra parte, en esto de la Alta Corte hay 
una interesante peculiaridad, que prueba lo poco 
firme que es el terreno que pisan nuestros adver- 
sarios. Casi todos ellos están contestes, en que los 
Agentes Fiscales que hoy nombra el Ejecutivo, 
para que resultaran mejores, deberían ser nom- 
brados por la Alta Corte, — Admitido el hecho yo 
pregunto: ¿Cual es la razón de la preferencia? 
¿Porque la Alta Corte ha de dar mayores ¡jaran- 


L 

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tías en el nombramiento de los Fiscales? ¿Acaso 
porque se considere que cada miembro de la Alta 
Corte es mejor que el actual Presidente? ¡No, 
muy pocos, estoy seguro se atreverían á afirmar 
semejante cosa 1 Lo que hay, es que en la Alta 
Corte nombran cinco y en el Ejecutivo nombra 
nada más que uno, ¡ Y las influencias, los compa- 
drazgos, y esc sinnúmero de miserias que surgen 
alrededor de cada nombramiento, pueden hacerse 
sentir de una manera más eficaz cuando eí que 
nombra es uno solo, que cuando los que nombran 
son cinco! 

Ahora bien: á nosotros nos basta que nues- 
tros adversarios reconozcan que una corporación 
es más apta para hacer nombramientos, que una 
sola persona. ¡Porqué nombrar bien es gobernar 
bien! Pregúntesele al pueblo la con i estación será 
uniforme. Que se me dé una Comisión Ejecutiva 
que realice los nombramientos de la administra- 
ción en condiciones superiores á los que suele ha- 
cerlos un Presidente y vo respondo de que eí go- 
bierno del país será infinitamente mejor. 


Ejemplos sugestivos 


Desearía encontrar uno de esos ejemplos que 
rompen los ojos, para llevar al ánimo de ustedes 
la convicción absoluta de que no asiste razón á 
nuestros a d ver sar ios . 

Supongamos que todos los habitantes del 


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— m 


país resolviesen fundar una gran sociedad anó- 


nima que se encargara de construir y arreglar 




los caminos de la República ¿Habría algún aso- 
ciado á quien se le ocurriese que esa sociedad 
tuviese que estar regenteada por una sola per- 
sona? — Supongamos que todos los habitantes de 
la República constituyesen otra sociedad que tu- 
viese por lili ia recaudación de los fondos necesa- 
rios para determinados gastos comunes ¿Habría 
algún asociado que pudiese suponer siquiera que 
tantos intereses pudieran ser manejados por una 
sola persona? 

Y sí el país, señores, se reúne, no para for- 
mar diversas sociedades anónimas, sino una sola, 
grande, poderosa, que atienda todos sus intere- 
ses á la vez, que se preocupe tanto de su seguri- 
dad como de sus finanzas, tanto de sus cuestiones 
materiales como de las morales, ¿porque había 
de renunciar á su directorio de muchas personas, 
para entregarse a una sola?— Por mi parte, decla- 
ro, señores, que por más que pienso, no alcanzo 
á comprender como puede considerarse indispen- 
sable el gobierno de muchos para la administra- 
ción <se fu parle, y no se considere mayormente 
indispensable cuando se trata de la administra- 
ción del lodo. 


Moderno concepto del Estado 


Pido que lijen un momento la atención en 
mis ejemplos, porque entiendo que el concepto 


<■ I 


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ti 





moderno del Estado, se vá pareciendo bastante — 
se debe parecer cada día más, — ai tic una gran 
sociedad anónima, en la cual los directores cons- 
tituyeran el gobierno y los accionistas lucran los 
gobernados. Un gobierno en un país que se esti- 
me, no debería ser otra cosa que un gran gestor 
de los negocios de todos. El Gobierno princi- 
palmente guerrero, ya vá siendo anacrónico en 
todas partes, y tiene que serlo más entre noso- 
tros, demasiado chicos para ser conquistadores 
y demasiado viriles para ser conquistados. . , 

(Grandes aplausos). 

. . . Un Gobierno, pues, nuestro Gobierno al 
menos, debería ser lo bastante fuerte para garan- 
tir la tranquilidad de todos, pero lo bastante dé- 
bil para que su autoridad se sintiera lo menos 
posible. Más que gobernados debería haber aso- 
ciados, ó á lo sumo dirigidos; — y sólo habremos 
alcanzado el ideal, cuando á un máximum de ira- 

O 

ra n tí as pa ra tod os los ciud ad anos , se agr eg u e e í 
máximum de intervención de todos los ciudada- 
nos, que se traduzca, naturalmente, en un máxi- 
mum de bienestar. Y eso precisamente, es lo que 
creo que dentro de cierta medida, puede darnos 
el Ejecutivo Colegiado. 





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Los pequeños municipios 


L. 


y el municipio grande 


Ustedes habrán oído decir muchas veces, por- 
que es im estribillo que se viene repitiendo desde 
hace muchos años, que tal vez la transformación 
del país estuviera en la transformación de la vida 
municipal, en la creación de una vida local perfec- 
tamente autónoma, ó sea en los Sel/' ( ítwermmenl 
de los norteamericanos. Este concepto está tan 
generalizado que no sería aventurado afirmar 
que nuestros adversarios ó la mayor parte de 
ellos ai menos lo aceptan ó comparten. 

Pues bien: yo pregunto, ¿á que organizador del 
Scif (hwe.rnim.ent criollo se le ha ocurrido nunca 
que la vida municipal sería perfecta, si su Go- 
bierno, en vez de estar en manos de un grupo de 
personas, estuviera en. manos de una sola person? 
Y si la vida tic los pequeños municipios, de los 
municipios aislados, nadie la concibe bien, sino 
con el Poder Ejecutivo Colegiado, ¿cómo no ad- 
mitir que el conjunto de municipios, el municipio 
grande, ha de estar también mejor regido por el 
Gobierno de varias personas que por el gobierno 
de uno solo? 


& 


O 


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El buen sentido pú b lico 

clama por el coleíjialismo 


+ * 


El buen sentido público, siente vivamente el 
colonialismo, lo ha sentido siempre. ¿Qué es lo 
primero que se dice en ¡a calle cuando se tiene 
la impresión de que las cosas del Gobierno no 
andan bien? « ¡El Presidente está solo; quiere 
saberlo todo; no conversa con nadie, no consulta 
nada!» — ¿Cuál es el único remedio — la verda- 
dera panacea — que se dá contra el mal? — Los 
acuerdos generales de Ministros. — ¿Qué es lo 
que se ha hecho aquí misino, en algunos momen- 
tos de apuro? — No contentos con aquellos acuer- 
dos generales se han buscado notables para que 
asesoren al Gobierno. — Y ante esos hechos, digo: 
no es preferible, indi nita.mentc más preferible, en 
vez de recurrir á los notables en los momentos 
extraordinarios, en vez de convocar á los Minis- 
tros en los casos graves, tener un Gobierno que 
sea un perpetuo Consejo de Notables, pero de no- 
tables de verdad, — no un Consejo de un Presi- 
dente todopoderoso, rodeado de simples mortales 
que si no le hacen el gusto se van á la calle inme- 
diatamente— un Consejo de Notables nombrados 
por el pueblo, todos con la misma autoridad, 
todos con la misma fuerza?— ¿O es que se en- 
tiende que solo por rara excepción el Gobierno 
se ocupa de cosas trascendentales, dignas de ser 
tratadas par muchas personas? 


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Un dilema falso 


ó Qué nos contestan á estas verdades de á 
puño nuestros adversarios? Nos han contestado 
con una frase. Nos han dicho: «Si el Gobierno 
Colegiado que ustedes organizan, se entiende, 

lleva á la oligarquía; si no se entiende, lleva al 
desorden». 

Observemos que eso de que se le atribuya 
peligros radicalmente contrarios á una cosa, dehe 

hacernos medi tar mucho, lis raro el fenómeno, 

casi nunca se produce, — que un sujeto peque por 
dos pecados absolutamente opuestos. El mal del 
imperialismo no es sino Ja teocracia el absolutis- 
mo, jamás es el desorden ó la anarquía. — El pe- 
ligro déla República, mientras se mantenga Re- 
pública, puede ser la desorganización, hasta la 
anarquía pero nunca puede ser el despotismo! 

{ Aplausos ). 

. . - Es claro que puede haber un Emperador 
loco que desorganice su Imperio, pero eso no 

sera nunca un fruto natural del imperialismo. 

como puede haber un Presidente que haga de la 
República una tiranía lo cual nunca seria el fruto 
natural de la República. 

Nuestros adversarios, pues, para colocarse 
t.n el verdadero terreno y para que nosotros es- 
temos habilitados para contestarles, tienen que 
optar por uno ú otro de aquellos males y decir- 
nos: «El Gobierno que ustedes quieren organizar 



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-k- * ‘ 


« ! 


va á ser tiránico ó va á ser de desordenado». Pero 
ellos no pueden hacer en conciencia la opción, 
sencillamente porque no tienen experiencia, por- 
que el Ejecutivo Colegiado no lia sido todavía 
experimentado, y por desgracia estas graves 
cuestiones no se pueden investigar en los labora- 
torios, sino que hay que ensayarlas en la vida 
real. Sobre la magna cuestión, nuestros adversa- 
rios no tienen, pues, no pueden tener masque im- 
presiones, más que simples palpites y la voluntad 
del pueblo, sobre todo de un pueblo que quiere 
marchar hacia el progreso, no se puede detener 
con esa clase de razones. 


c 


« L 


■ 


Experiencias aleccionadoras 

y alentadoras 

Se nos contestará que nosotros estamos en el 
mismo caso, porque tampoco hemos podido ex- 
perimentar. — No es cierto. — Nosotros tenemos 
más que un principio de experiencia; nosotros 
vemos en el país á la Luz Eléctrica, al Banco de 
la República, etc., etc., o sea una multitud de go- 
biernos colegiados que rigen instituciones distin- 
tas, con los que no se tiraniza ni se desorganiza 
liada, y hacen marchar á su alrededor todo per- 
fectamente. Nosotros vemos a la justicia del país, 
organizada en forma colegiada, garantiendo per- 
fectamente, sin desorden ni abusos, la vida, los 
bienes y el honor de las gentes!— Pero, sobre 


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todo, nosotros tenemos mía experiencia mucho 
mas eficaz : ¡tenemos la terrible experiencia de 
que lo que tratamos de abandonar, que no es nin- 
g u na ma ra vi 11 a T — la experiencia tícese fo rinida- 
ble régimen que aun en manos de un hombre 
como Batlle, que es lo mejor que la suerte ha 

podido depararnos como gobernante— tiene gran- 
des defectos que yo su caluroso apologista veo, 
algunos de los cuales el mismo Batlle se ha encar- 
gado de señalar. — \. esa experiencia — amasada 
en un siglo de fatigas — nos dice que lo que nos- 
otros queremos abandonar y a lo que nuestros 
adversarios se mantienen tan aferrados, solo 
puede empeorar de una manera: cayendo el país 
en manos de un gran conculcador sin escrúpulos, 
que nos obligue á avergonzarnos 
inen republicano! 


nuestro régi 


Las cor poraciones se entienden 


siempre 


longo interés en hacer notar que el dilema 
que presentan nuestros adversarios, cuando afir- 
man que la junta de gobierno puede entenderse ó 
no entenderse, es falso.— Creo, firmemente, que 
las corporaciones se entienden siempre. Vuelvo 
á invocarla experiencia de que hablaba hace un 
momento. Está por verse que haya habido que re- 
nunciar á resolver algo, en alguna parte, porque 
as corporaciones no se hayan podido entender. 



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c 




C na Corporación considerablemente grande como 
nuestra Asamblea General, aun estando formada 
por Baillistas y Saravistas, — que es como decir 
el aceite v el vinagre,— se entendió siempre que 
fue necesario, v resolvió ej ecu tí vamente, rápida- 
mente, en horas, nada mas que porque el caso lo 
exima la .tu afína cuestión de las medidas extraor- 
diñarías lomadas por Batí le cuando se creyó que 
iba á estallar una insurrección. Pues esa cuestión 
motivada por un par de cientos de arrestos, que 
t on arreglo a! criterio de los que entienden que 
es difícil que marche el Gobierno Colegiado, 
debió de haberse debatido anos, se resolvió, lo 
repito, perentoriamente ; — en horas se hizo la ma- 
yo ría I 

V 

¿Porqué la Junta de Gobierno 
habría que entenderse para el mal? 

I Pero es que las mayorías se hacen siempre, 
en todas partes, aun en los medios más anarqui- 
zados!— Nos están dando la prueba los mismos 
once señores de la mayoría del Senado. No obs- 
tante responder á tendencias distintas — casi a 
once tendencias distintas! — han podido entender- 
se, uniformarse, tomar un rumbo determinado. Y 
ahora digo: si se demuestra de una manera aca- 
bada, como creo haberlo demostrado, que las Cor- 
poraciones colegiadas se entienden siempre, ¿por 
qué hemos de suponer que los miembros del hje- 


_jí 


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Nacional del Partido Colorado, [1913]. 


o8 — 


cutivo Colegiado se habrían de entender forzosa- 
mente para realizar el mal? ¿Por qué ha de me- 
recernos tan mal concepto la naturaleza ha mana 
y «obre todo la moralidad de nuestros conciuda- 
danos dirigentes? ¿Acaso los directores de las 
infinitas sociedades anónimas que andan por el 
mundo se conciertan siempre para robar la plata 
de los accionistas? ¡ N o ! ¡Ese desgraciado ejem- 
plo, sólo por excepción se produce I Y entonces, 
¿por qué el posible directorio de la gran socie- 
dad anónima que forma nuestro país se habría 
de concertar forzosamente para robar las liber- 
tades públicas? 

Téngase en cuenta que ese futuro posible Di- 
rectorio Oubern amen tal estaría formado proba- 
blemente con lo mejor del país, — por lo menos con 
lo mejor de un partido político.,-— Juzgúese que 

sería elegido directamente por el pueblo, que es 

de suponerse con bastante sentido común para 
buscar á sus gestores entre los más morales y 
mas aptos, — todo lo cual aleja mucho — por no 
decir que lo hace imposible — c! peligro del des- 
gobierno colectivo. 


Los peligros del error 


Es claró que el pueblo se puede equivocar. 
Pero, si es verosímil que se equivoque en la elec- 
ción de uno, lie dos, de sus directores, es absurdo 
suponer que fatalmente se ha de equivocar en la 
de los nueve. — Sobre todo, ios que admiten que 


& l 



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s 


> 


el pueblo se ha de equivocar forzosamente en la 

elección de siete ó nueve gobernantes, ¿cómo pue- 
den desconocer que ese mismo error puede produ- 
cirse con tanta ó más facilidad cuando se trata 
de elegir uno solo? — Por otra parte, aun supo- 
niendo el error total en la elección de siete ó nueve, 
siempre resultaría que los siete ó nueve malos, 
luchando por sus maldades, serian menos malos 
que uno solo agitándose sin ningún control- Los 
nueve malos tendrían que empezar por devorarse 
á si mismos antes de empezar á devorarse al país. 
El malo solo se vería libre de toda la primera 
parte de la tarea: i podría lanzarse inmediata- 
mente, desde el primer día, desde el primer mo- 
mento, sobre el país! 

La am enaza dei tirano 

Se apunta otro grave peligro del Gobierno 
Colegiado. Se dice que forzosamente dentro de 
aquél ha de aparecer el tirano. «Es inútil — se 
dice — hablar de Ejecutivo Colegiado, pues ape- 
nas organizado aquél, día más, día menos, apa- 
recerá el sugeto que domine a todos, que meterá 
á todos en un zapato, qtic se hará dueño del go- 
bierno y del país». 

Permítaseme que afirme por honor del país, 
que ese cuento no es tan fácil de realizar como 
se dice y que hasta se podría afirmar que es 
absolutamente difícil. 

Mi impresión personal es que, en cuanto se 


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Nacional del Partido Colorado, [1913]. 


vieran reunidos, para dirigir los destinos del país, 
siete ó nueve hombres con la misma autoridad, 
cada mío de ellos haría un esfuerzo supremo para 
defender su autoridad. Todos sabemos la gran 
emulación cjue despiertan los altos cargos; como 
se defiende el prestigio, como se defiende la consi- 
deración, Todos sabemos como se aviva el celo 
de la dignidad humana, no solo en los puestos de 
responsabilidad , sino hasta en los simples pues- 
tos decorativos v recreativos. Los modestos orna- 
rozadores de una comparsa suelen mirarse de 
reojo, sin ceder un palmo en sus respectivas posi- 
ciones. —¿Cómo admitir pues, que ocho ciudada- 
nos elegidos por el pueblo, eternamente vigilados 
por el pueblo, estimulados por el aplauso ó la 
censura popular, han de inclinarse dócilmente 
ante un noveno para que les una el yugo?— 
¿Que nunca faltan en las corporaciones los tipos 
dominantes? ¿ Pero acaso la experiencia casera 
no nos dice también que donde quiera que ha 
aparecido el sujeto dominador y ha querido im- 
plantar sus ideas de predominio, — ya sea en los 
directorios comerciales ó en los políticos y judi- 
ciales— ha fracasado miserablemente, porque se 
ha encontrado con la resistencia implacable, hos- 
til, hasta agresiva de los otros directores? 


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— (¡1 


Dificultades de la tiranía 


r * 


Sobre todo no hay que olvidar que el miem 
bro del Ejecutivo Colegiado que quisiera tirani- 
zar al país, no le bastaría con dominar á sus com- 
pañeros de Gobierno : sería necesario que contara 
también con la fuerza pública, ó sea con el ejército 
nacional. 

Pues bien ; yo alirmo con una profunda con- 
vicción que ese supuesto tirano con que se nos 
amenaza no contaría jamás con el ejército nacio- 
nal. Un ejército como el nuestro, culto, avanza- 
do, probadamente institucional, en el cual figu- 
ran sujetos tan conscientes como nosotros, tan 
ciudadanos como nosotros, defensores tan celo- 
sos de las libertades públicas como nosotros, no 
se pondría jamás al servicio de un tirano, para 
servir de verdugo del país. \ hasta me atrevo a 
expresar que si el caso llegara, los representantes 
del ejército serían los primeros que se encarga- 
rían de sofocar al aspirante á tirano 1 

( Aplausos ). 

Por otra parte, la aparición de un tirano no 
es un fenómeno fácil por lo mismo que es anor- 
mal. No niego que algún aspirante á tirano esté 
permanentemente en acecho en el país, porque 
nunca faltan bellacos que quieran apoderarse de 
lo ageno, y un país es un botín demasiado tenta- 
dor para que no despierte enfermizos y desmesu- 
rados apetitos. Pero, para que el tirano pueda 


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prosperar no solo necesita tener garra, sino en- 
contrar un medio propicio para que pueda germi- 
nar ía tiranía. Puede decirse que el tirano es para 
la sociedad, lo que el microbio de la tuberculosis 
para el organismo humano. Ahora bien : no basta 
que el microbio de la tuberculosis esté en todas 
partes, para que pueda prosperar. Casi toáoslo co- 
bijamos en algún órgano impunemente. Para que 
se haga sentir y venza es necesario que encuen- 
tre un organismo débil á quien pueda someter. 
Pues con el tirano del pueblo pasa lo mismo. No 
basta que aparezca en el pueblo el tipo ponzoño- 
zo, es necesario que encuentre el pueblo débil 
capaz de dejarse envenenar. Robustecer al pue- 
blo es el mejor medio de defenderlo de la tiranía, 
como robustecer al hombre es el mejor med io de de- 
fenderlo de la tisis. ¡ Robusteseamos, pues, nues- 
tra democracia, hagámosla cada vez más fuerte 
y digna, y tendremos día á día menos probabili- 
dades de caer en el despotismo I 

Verdadero concepto del E jecutivo 

Pero no es necesario pensar en un tirano 
para desacreditar el Ejecutivo Colegiado siguen 
diciendo nuestros adversarios. Hay algo más sen- 
cillo, igualmente decisivo. El Ejecutivo es acción, 
— por consiguiente, no puede estar en manos de 
un cuerpo deliberante . . . 

Pues bien ; yo creo también que ese concepto 
es falso ó por lo menos antiguo, y sobre todo. 


L 


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estoy seguro, d c qtte no es el concepto del poi - 


i 


. * 


venir 


Creo, que en un gobierno debidamente or- 
ganizado, el Poder Ejecutivo no debería ejccut.u 
casi nada. El Poder Ejecutivo en un gobierno 
bien organizado no debería ser más que el órgano 
trasmisor de la ley, y el encargado de velar por 

el cumplimiento de la ley. 

La asamblea liace la ley, el Ejecutivo le da 
paso ó la veta, á lo sumo la reglamenta — é in- 
medi atañiente la ley pasa a 1 respecti vo meca n isipo 
encargado de ejercer la función legislada, — bajo 

la superitendencia superior. 

Se dieta, por ejemplo una ley sobre Instruc- 
ción Pública y el Ejecutivo no tiene nada que 
hacer ; es la. Dirección de Instrucción Publica la 
que se encargaría de hacerla ejecutar. Se dieta 
una ley sobre salubridad. El Ejecutivo no tiene 
que hacer nada mas que limitarse a pasar la ley 
al Consejo N. de Higiene, para que este la ejecute. 
Y asi debería suceder con todos ios otros casos 
imaginables de la máquina gubernamental. 

El Ejecutivo, pues, como Poder Ejecutivo, no 
debería ser otra cosa que el obrero atento a la ma- 
quina en movimiento, el obrero encargado de v igi- 
lar si el manómetro esta bien, si todas las ruedas 
marchan, si es necesario dar aceite, su je tai una 
correa , etc. — Su acción no debería pasar de ahí. á 
si hemos perdido completamente el verdadero con- 
cepto de lo que debe ser el Poder Ejecutivo, es por- 
que nuestro sistema ha. enviciado totalmente el 



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■verdadero régimen, con ese centralismo a bruma - 

t l ue liacc c i ut ‘ nad « «e mueva, que nada se agite, 
S1 n el con cu rso d el Preside n te, — q ue i m pone a 1 

Presidente la íirma de una orden por cuatro pe- 
sos. la extinción de un incendio y la dirección de 
la guerra ! 

(Aplausos). (Muy bien). 

. . . K1 Ejecutivo, solo dejaría de ser simple 
trasimsor y vigilante, cuando inicia, cuando co- 
legisla, pero entonces entra de lleno en el campo 
de la deliberación y seria una verdadera fortuna 
que sus decisiones pudieran tomarse en un cuerpo 
colegiado! 


E s falso que e 8 Ejecutivo 

deba an dar ligero 

Sl habla déla rapidez de los actos ejecutivos ■ 
se dice que una de las características escóndales 
de la función ejecutiva es andar ligero. \o com- 
parto tampoco esa opinión. He estado seis años 
cerca del gobierno de Batlle y lie llegado á la 
conclusión de que solo se hace bien lo que se 
hace despacio. Muy pocas veces, por no decir 
jamas, he visto en las alturas, esa precipitación 
qu. tanto se preconiza como necesaria para la 
buena marcha del Ejecutivo. — Y si mi experien- 
cia personal pudiera servir de base para llegar á 
una conclusión en esta materia, podría dejarse 
establecido que lo que realmente resulta en el 


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/ 


I 


h 


f 


Gobierno, lo que realmente se hace bien, es lo 
que se medita, es lo que se estudia, es lo que no se 
hace ejecat í vamen te! 

I J or otra parte si hiera cierto que la rapidez. 


casi la vertiginosidad , es el secreto del buen go- 


niel no, Latllo habría sido un pésimo go be ruante 
porque precisamente su gran característica no es 
la agilidad de espíritu. — El, es un pensador, es 
ii n 1 en to , — P o r 1 o mis ni o q u e a r a ii o n d o t a r a ti es- 
pa ci o . — Po d ría d cc i rse d e él, que es u n r uní i a d o r 
de ideas* \ por lo mismo que constan teniente 
esta rumiando sus ideas es que cuando se decide 
por algo lo hace casi siempre en términos inconmo- 
vibles, Lo que parece á veces terquedad y testa- 
rudez, no es sino el fruto de una larga delibera- 
ción. I ues ese señor que todo lo delibera larga- 
mente, que hace las cosas lentamente, ha hecho 
un gobierno transcendental, ¡ Ha gobernado bien 
po v q u e g o be r n ó d es p a c i o ! 


El Ejecutivo y la guerra 


la guerra r*; ¿y las medidas extraordina* 
i i as i se nos dice, como si se nos fuera a abrumar 

con solo la palabra, 

-# 

Observemos en primer lugar, que la guerra 
no es el estado permanente de los pueblos, sino el 
accidente. La vida normal es la paz. Por consi- 
guiente debemos organizar la vida política espe- 
cialmente para lo que es permanente, parala paz, 
siu perjuicio de que la organización sirva también 





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para lo que es accidental y pueda ó no venir, 6 
sea para la güera. 

Por otra parte, los que creen que por la ra- 
zón de la guerra debe mantenerse el gobierno 
unipersonal, se quedan á la mitad del camino. — 
¿Por qué debería haber un hombre solo en la 
Presidencia para los casos de guerra? Porque la 
guerra exigiría que ese señor Presidente dispu- 
siera inteligentemente del ejército para ahogar 
rapida y eficazmente el desorden. — Pero, los par- 
ticulares siempre, por regla general al menos, 
son inaptos para esas cosas. La mayor parte de 
los Presidentes que se podrían elegir entre los 
civiles, no serían aptos para la guerra. Y si hay 
el peligro que el Presidente resulte inapto para 
la guerra ¿no es inútil que se pida, que se exija, 
que el Ejecutivo sea unipersonal á los efectos 


guerreros? Por consiguiente para que nuestros 
adversarios fueran consecuentes, deberían ir más 
lejos y decirnos: «El Ejecutivo, por ser el director 
de la guerra, no solo debe ser unipersonal, sino 
que debe estar en manos de un especialista en el 
arte guerrero, ó sea en manos de un militar». 


Y recién asi llegando al fin de su raciocinio se 
habrían colocado, por lómenos á los efectos de la 
lógica, en un terreno firme. 



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El ejército no debe depender 


í*k 

1 


directamente del Presidente 


Pero yo creo que esa necesidad de que la 
tuerza publica sea manejada directamente por el 
Jefe del Estado es otro prejuicio criollo, ó por lo 
menos otro concepto antiguo, del tiempo del viejo 
tev patriarcal que dirijía la siembra, encabezaba 
la cacería y hacia personalmente la justicia y la 
guerra. En realidad el ejército no debe tener una 
dependencia mayor con el Jefe del Estado de la 
que tienen los otros organismos del Estado. El 
ejercito debe ser una máquina perfecta, bien mon- 
tada, bien mandada, completamente adecuada 
para realizar su objeto — que es el mantenimiento 
de! orden ; — pero debe tener sus jefes naturales y 
no debe tener más dependencia con el Jefe del 
Estado que la que tienen, por ejemplo, la policía 
encargada de defendernos de los criminales y el 
Consejo Nacional de Higiene encargado de defen- 
dernos de las pestes. 

¿Acaso cuando se produce un gran crimen 
alguien piensa en el Presidente? ¿Acaso cuando 
estalla una peste alguien cree que es el Presiden- 
te el que tiene que distribuir los Agentes de Salu- 
bridad para defendernos del flajelo? ;No señor! 
Es el Consejo de Higiene, es la institución admi- 
nistrativa especial, que tiene sus obligaciones 
concretamente delineadas. Basta que la noticia 


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de la peste llegue al Consejo para que la máquina 
entro exponía ricamente en movimiento y la fun- 
ción se ejerza. Lo mismo debería suceder con el 
ejército, y asi sucederá seguramente en los go- 
biernos perfecta mente organizados. Conocido el 
desorden, la máquina del Ejército entraría tan 
expontaneamente en movimiento, como entra la 
del Consejo en el caso de peste ó la de la policía 
en el caso de crimen, — y debería por si solo sin 
ninguna intervención del Jete del Estado, resta- 
blecer el orden, ó sea realizar la junción que es 
el objeto único de su existencia. 

Y aleo de esto va se siente litera de fronte- 
ras. Estoy seguro, no tengo ninguna duda, que el 
ejército inglés nunca estuvo prendido de las lai- 
das de la Reina Victoria. Estoy igualmente segu- 
ro que otros ejércitos europeos nunca han estado 
prendidos de las cunas de los reyes niños, cuando 
el azar ha querido que un niño gobernara un 
país. Y sin embargo, ni el ejército inglés, ni nin- 
g u no de 1 os e j ere i t os á q ue a ea bo de referí r me , 
han dejado de cumplir con su deber cuantas ve 
s el deber los ha puesto á prueba. 


%_ 


Batlle y la querrá de 1904 


Entre nosotros, al tratar la relación que debe 
de haber entre el Ejecutivo Unipersonal y la gue- 
rra, se hace gran caudal de la actuación de Batí le 
durante la guerra de 1904. Se aíirma que sin la 
tenacidad, sin la energía de Batlíe, se habría per- 


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I 



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X 


J i 


dido todo. Comparto totalmente la afirmación. 
No tengo ninguna duda tío que Batí le estuvo ante 
el tremendo conflicto realmente admirable. Creo 
que lo afrontó con una gran resolución, de una 
manera heroica; — que hubo momentos en que 
estuvo clarovidente hasta bajo el punto de vista 
miiitcM , y aíiimo esto no porque vo sea capaz 
de juzgar las cosas del punto de vista militar, 
sino por lo que me han dado á entender militares 
competentes y que tuvieron acción saliente en la 
campana, Pero, asi y todo yo no estov muy con- 
vencido de que las cosas no hubieran andado 
mejor si en vez de-estar Batlíesoloen e! Gobierno 
hubiera estado una Junta de Gobierno, Pero so- 
bre todo de lo que estoy absolutamente conven- 
cido, es de que habría ardido Troya para las ins- 
tituciones nacionales, si en vez de tocarle afron- 
tar la situación á un hombre del temple y del 

pensamiento de Batlle, le hubiese tocado á otro 
débil ó inepto. 

Por de pronto yo no sé si una junta de Go- 
bierno no hu ojera podido evitar la guerra.- — -Yo no 
se si la fatalidad se hubiera conducido de la mis- 
ma manera, si en vez de ser un hombre solo el 
qtu tuvo que afrontarla hubieran sido nueve 
con infinitos más puntos de contacto, con más 
vinculaciones, con más medios de acción. ¿Quién 
nos dice que lo que no pudo encontrar Batíle á 
pesar de su inmenso deseo de evitar el derrama- 
miento de sangre, lo hubieran podido encontrar 
nxieve espíritus empeñados en el mismo deseo? 



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— 70 — 

Y de lo que no tengo ninguna duda — me perdonen 
mis correligionarios si no están conmigo en esta 
parte — es que si en vez de uno solo en el Gobier- 
no hubieta habido una Junta, el encuentro de 
b ray Marcos no se habría producido y la guerra 
con grandes ventajas para vencidos y vencedo- 
res, hubiera podido acabar á los dos meses en 
vez de durar nueve I 
(Api alisos). 

La reforma y el Partida Colorado 

Se teme que la reforma pueda perjudicar al 
partido colorado. Hay una circunstancia que debe 
suponer que eso es falso, y es la tenacidad con 
que el partido nacionalista resiste la reforma. 
Lst. rudo c implacable adversario, siempre en 
asecho, siempre dispuesto á saltarle al cuello al 
partido colorado, ¿se habría tranformado en su 
vigilante amigo, en su protector?— q No lo creo! 

L bí íL' que la reforma fuera la debilidad 
del partido colorado, sería el primero en encar- 
garse de precipitarla. Si la resiste con toda ener- 
gía es porque su instinto le dice otra cosa ; es 
porque su instinto le dice, que una vez más tiene 
razón Batí le, cuando cree, cuando afirma, que va 
a robustecer, á tonificar, á agrandar el partido 
colorado por medio de la reforma! 

Si la tefoima es buena para el país, es buena 
pai a el partido colorado, que es la gran mayoría 
del país y que tiene por función primordial, pre- 


t 


i 


4 * 


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f 




i 


- 7i — 

cisamente, trabajar afanosamente por el bienestar 
del puis. Para que la reforma fuera buena para el 
país y contraria para el partido colorado, sería 
necesario que el partido colorado se hubiera que- 
dado atrás, que ya no respondiese ú las verdade- 
ras aspiraciones nacionales, y entonces no debería 
ni tendría el derecho de ejercer la preponderancia 

que hoy legitima mente ejerce en los destinos na- 
cionales. 


I • i 


El Partido Colorado y el Gobierno 

Un Gobierno que aumente la libertad y que 
prestigie la democracia tiene que prestigiar y 
enaltecer al partido que lo hace. ¿Qué es lo que 
lia enriquecido y robustecido al partido colorado 
durante el Gobierno de Batlle? ¿Han sido acaso 
las dádivas ó las corruptelas? — ¡Nol — ¿ Han sido 
las ideas y las iniciativas de Batlle que lia hecho 
suyas el partido colorado T— Pues bien: que el 
partido colorado haga un Gobierno superior, si 
es posible, al Gobierno de Batlle, y su prestigio 
aei ecera y su caudal político aumentará enorme- 
mente I 

1-1 partido colorado, por otra parte, no debe, 
no puede temer que su organización se desquicie 
por la reforma gubernamental. La vida del par- 
tido colorado no puede ni debe depender de la 
organización del Gobierno, porque si dependiera, 
tendrían razón los que dicen que no es más que 
un partido gubernamental y que solo vive por la 


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7 -> 

i .—t 


fuerza que le da el Gobierno. Sí esa afirmación,— 
como yo lo sé y como todos ustedes lo saben 
igu alinen te, es tina gran injusticia, la mejor 

manei a de demostrarlo es no temerle á la re- 
forma de! Gobierno. Id partido coi o rudo debe 
aspirar á formar Gobiernos, á prestigiar Gobier- 
nos, á sostener Gobiernos, si es necesario á vol- 
tear Gobiernos ; pero no á que su vida dependa v 
sea un reflejo de la vida del Gobierno! 

El programa del Partido Colorado 

Se arguye que la reforma no está en el pro- 
grama del partido colorado. Eso no importa. Si 
no está la pondremos. Hay muchas otras cosas 
que tendremos que ir poniendo día a dia. El úl- 
timo capítulo del programa del partido colorado 
no está escrito. ¡ Los mejores capítulos, segura- 
mente, están en blanco toda vía ! Y si el partido 
colorado ha de ejercer en los destinos del país 
la preponderancia á que tiene derecho, debemos 
afirmar que su historia, — su verdadera v grande 
historia — tanto como en el pasado está en el 
porvenir ! 

El partido colorado tiene una magnífica tra- 
dición, pero eso no basta. El partido que fia de- 
masiado en su tradición puede correr la suerte 

de esos nobles que fían demasiado en sus perga- 
minos. 

El escenario de la democracia se ensancha 
día a día. Día á día entran en juego fuerzas nne- 


I 


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■ / 


I V 


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% 


vas, aspiraciones nuevas. ' Satisfechas las ansias 
de igualdad y de libertad empiezan á dar su nota 
predominante las ansias de mejoramiento. — Las 
muchedumbres que hasta ayer no apareen! si en 
escena sino para ir al sacrificio de la guerra, em- 
piezan á hacer irrupción en el campo de la políti- 
ca. — [ De ahí nuevos horizontes que es necesario 
escudriñar si no queremos estraviarnos; de ahí 
nuevas etapas que es necesario correr y correr 
de prisa si no queremos quedarnos rezagados? — 
La política como la ciencia, debe de estar en perpe- 
tuo movimiento si quiere responder á las necesi- 
dades de todos los momentos, v el partido colo- 
rado, que no quiere dejarse vencer, — ¡que no 
debe dejarse vencer!- — tiene que estar constan- 
temente alerta, en perpetua vibración. — ¡Debe 
lanzarse resueltamente al turbión de las ideas 
avanzadas porque es allí donde se darán las gran- 
des batallas decisivas! — ¡Su programa tiene que 
ser vivo, como árbol robusto en pleno crecimien- 
to, siempre dispuesto á dar nuevos brotes, á dar 
nuevos frutos!— Y si quiere que no crezcan á su 
costa el partido liberal y el partido socialista, 
debe ser tan liberal como el partido liberal y 
asimilarse todo lo humano, todo lo práctico, 
todo lo realizable, todo lo que no sea utopia del 
partido socialista ! 

(Grandes aplausos). 

. . .¡La suprema aspiración del partido colo- 
rado debería ser hacer innecesarios en el Unuruav 
el partido liberal y el partido socialista, á fuerza 



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de satisfacer por sí solo, todas las necesidades y 
todas las aspiraciones del porvenir! 

( Grandes aplausos). 


Los colorados frente á los socialis tas 

Ya que hablo del Partido Socialista, me van 
á permitir ustedes un breve paréntesis. 

hl Partido Socialista, es un partido de ideas 
evidentemente respetables. A su frente están en 
todas partes del mundo hombres de primera fila, 
grandes pensadores, grandes humanistas. Ese 
partido no es un partido anárquico, porque todo 
lo espera de una suprema armonía gubernamen- 
tal. Esc partido no es un partido de violencia, 
porque en todos los momentos, siempre que pue- 
de, predica el alejamiento de la violencia. 

( na voz de platea. — ¡Está usted!. . , 

De. Arena. — ¡ Hable más fuerte si quiere que 
le conteste ! 

La vo<. de la platea. — ¡ Usted está falsificando 
el partido socialista! 

De. Arena. — Déjeme seguir y verá que no 
falsifico nada. 

. . . Ese Partido Socialista, decía, el de Fran- 
cia por ejemplo, no trepidaría en levantar barri- 
cadas en las calles de París, y en comprar con 
muchas vidas la institución del Gobierno Cole- 
giado, que considera como una aspiración de su 
programa mínimo. — \ ante ese hecho incontes- 
table digo: ¿Como es que habiendo un partido 


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capaz de lanzarse al sacrificio para obtener aque- 
lla conquista, nosotros, los colorados, que nos 
preciamos de avanzados y de no tener nada que 
aprender de los partidos avanzados, rechazamos 
lisa y llanamente, porque sí, aquello mismo que 
> nos viene gratis, sin ningún dolor, de las alturas I 

(Grandes aplausos). 


Precisando términos 


Mucho más podría decir sobre las ventajas 
de la reforma; pero por hoy me parece bastante. 
Me voy á limitar, pues, antes de concluir, á tra- 
tar de precisar los verdaderos términos en que 
se encuentra la cuestión. 

Es evidente que la reforma no la quiere sola- 
mente Batlle, sino que la quiere toda la masa 
situacionista. La voz de orden de Batlle ha re- 
percutido profundamente en el seno del Partido 
Colorado. Este hecho está va fuera de discu- 
sien. — Es evidente, también, que resisten la re- 
forma con toda violencia los adversarios irre- 
conciliables del Partido Colorado: los Naciona- 
listas. — La resisten también, debemos recono- 
cerlo, grupos dispersos del Partido Colorado. 
Pero es igualmente evidente que por la sensible 
minoría en que se encuentran esos grupos, no 
podrían resistir dentro de filas la fuerza refor- 
mista. Si la reforma se detiene, pues, es solamente 
porque la detienen los once Senadores. 

(Agitación en la sala). 



Harvard University - Collection Development Department, Widener Library, HCL/ Arena, Domingo. Batlle y el Ejecutivo Colegiado. [Montevideo] : Comisión 
Nacional del Partido Colorado, [1913]. 


Ellos, pues, serán los res pon sables si fraca- 
san las aspiraciones del hatlüsmo en este mo- 
mento histórico de la vida nacional. 

Es claro que yo admito una perfecta buena íe 
en los once senadores. 

Yo creo que si resisten el Gobierno Colegia- 
do, lo resisten en conciencia. En materia de ideas, 
todos los errores son explicables. 

Por otra parte, yo sé — y me complazco en 
reconocerlo públicamente — que entre esos once 


Senadores ha v mu v buenos colorados v muv hite- 

*-■ *■ ir*' m/ 

nos ha (Mistas, muchos de los cuales han prestado 
á la cansa servicios más valiosos que los que 
le he prestado yo, que ai Un y al cabo no he podi- 
do poner á su servicio más que mis entusiasmos 
y mis escasas fuerzas intelectuales. 

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La dificultad, pues, no está en manos de ene- 
migos irreductibles. Los que tienen la llave de la 
reforma, no son más que amigos alejados de nos- 
otros, amigos de los cuales no nos separa más que 
un detalle, amigos sobre los cuales debemos ensa- 
yar la persuación, el convencimiento, esperando 
— haciéndoles el honor debido — que sí se llegan 
á convencer van á estar de nuevo con nosotros. 

( Grandes aplausos). 


El programa de los reformistas 


Todos nuestros esfuerzos, pues, deben dirigir- 
se á forzare] convencimiento. Hay que hacer sen- 
tir en forma cada vez más abrumadora, que todo 


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Harvard University - Collection Development Department, Widener Library, HCL/ Arena, Domingo. Batlle y el Ejecutivo Colegiado. [Montevideo] : Comisión Nacional 
del Partido Colorado, [1913]. 


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el partido situación ista quiere la reforma, quiere 
el Gobierno Colegiado. Hay que materializar en 
lo posible el ambiente reformista, orientando ha- 
cia los registros cívicos la mayor parte de esas co- 
lumnas que han recorrido nuestras calles, el ma- 
yor número de estos manifestantes. Cada uno de 
los que está aquí debería imponerse como acto de 
conciencia reformista, formar por lo menos un 
ciudadano, — aportar un voto- — seguro de que rea- 
lizando esa obra hace una obra más eficaz que ha- 
ciendo un discurso. > 

May que hacer sentir á nuestros amigos de 
ayer, — y amigos seguramente de mañana, — que 
la abstención nacionalista no es razón bastante 
para detener la reforma, porque las mayorías son 
las que gobiernan en las democracias, — y nos- 
otros ya hemos demostrado por todos los medios 
posibles que somos la gran mayoría del País. 

Hay que hacerles notar que la burda especie 
de que esta situación no ofrece garantías, no pue- 
de ser admitida por ellos, hijos legítimos de esta 
situación, y hay que hacerles sentir que los agra- 
vios que se arrojan á la situación, los agravian á 
ellos mismos que lian sido los que han contribui- 
do á formar y á sostener esta situación con la cuál 

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se dicen — y lo son — perfectamente solidarios. 
Hay que hacerles comprender, en fin que el fra- 
caso de la reforma solo aprovechará á los enemi- 
gos irreconciliables del Partido Colorado; — y 
cuando esa demostración esté hecha, ellos que 
deben ser tan enemigos como nosotros mismos 


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del Partido Colorado, [1913]. 


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de nuestros enemigos, no tendrán más remedio 
que volver á nuestro lado que es donde los llama 
el deber, V todo esto hay que hacerlo sin pro- 
nunciar una palabra irremediable para que en el 
caso de fracaso, sean ellos, exclusivamente ellos, 
los responsables del fracaso ante el País y ante 
el Partido Colorado. 


El Ejecutivo Colegiado vendrá!.., 

^ o, señores, no sé la actitud que asumirán 
los once Senadores, Espero mucho de su patrio- 
tismo, de la sinceridad de sus propósitos y de su 
propio Batllismo. Pero resulte lo que resulte, de 
lo que estoy seguro, absolutamente seguro, es de 
que el Poder Ejecutivo Colegiado triunfará í 

(Grandes y prolongados aplausos). 

- . .¡Es el rio desbordado que vence todos los 
diques! ¡Es el alud que baja de la montaña y que 
llegara fatalmente a la llanura sin que haya fuer- 
za humana capaz de detenerlo! 

(Grandes aplausos). 

El pueblo ha visto en la reforma una aurora 
de paz, una aurora de libertad, una aurora de míe- 
vos prestigios pur£t lu ele m o era ci& y quiere ver 
ahora levantarse el Sol! — Y se ha puesto á la 
obra! — ¡ La columna es grande!. ,. ¡Ya está en 
marcha! . . . ¡La acaudilla BatlleT. , . ¡Seguro de 
que nada ni nadie la detendrá!. . . 

( Estren d u osa ova ción ) . 


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Nacional del Partido Colorado, [1913]. 


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Nacional del Partido Colorado, [1913]. 


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del Partido Colorado, [1913]. 




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